YA NO ESTÁ A NUESTRO LADO

 

 

 

Hace muchos años, una mujer viuda perdió a su único hijo. Desesperada, incapaz de aceptar aquello y soportar el dolor, fue a ver al Buda.

 

-Maestro, te suplico que me devuelvas a mi hijo. ¿Puedes resucitarlo?

 

-Por supuesto –respondió Buda-, pero para hacerlo necesito unos granos de mostaza que se hayan cosechado en una finca donde no hayan muerto ni niños, ni jóvenes, ni ancianos.

 

La mujer recorrió todo el pueblo y aun las ciudades vecinas. Si bien todos se mostraban generosos para entregarle los granos, también todos la decepcionaban al contarle, en cada casa, quiénes habían muerto.

 

La mujer no pudo encontrar una sola familia que no hubiera sufrido la muerte de un ser querido.

 

Comprendió que su dolor era compartido por mucha gente y que esa era la lección que le había querido dar el maestro. Luego de sepultar a su pequeño, volvió a ver al Buda, quien le dijo:

 

-Pensabas que eras la única que había perdido un hijo, pero no estás sola en tu dolor. La muerte es una ley pareja entre todos los seres vivos.

 

Y recién entonces, la consoló.

 

Antiguo relato hindú

 

 

Se ha ido. Esa sensación nos envuelve casi sin dejarnos respirar. Ya no está a nuestro lado. No importa si lo hemos sabido durante meses o si su partida ha sido desesperadamente repentina; no podemos explicarnos que no esté con nosotros.

 

No podemos aceptar que esa persona a la que amábamos, a la que amamos –porque el amor no se ha ido con ella- nos haya dejado.

 

Había tanto para decir todavía, tanto para hacer. Si hubiéramos sabido; si hubiéramos podido, no hubiéramos dicho, no hubiéramos hecho. Esta vivencia de lo irremediable hace que el dolor que nos atraviesa el alma sea profundo, infinito, que nos lastime como una tremenda herida física.

 

Hoy es tiempo de tristeza y es bueno y justo que así sea. Más adelante llegarán los recuerdos y mucho después, aunque nos parezca imposible, el consuelo. Pero hoy no frenemos las lágrimas: es necesario llorar, desahogarnos y no reprimir nuestros sentimientos y emociones.

 

Llorar a solas o en compañía, en silencio o a los gritos, emitir el llanto como una queja, con impotencia, con todo nuestro dolor. Hasta que el tiempo de las lágrimas pase, dejándonos una rara sensación de cansancio y alivio, una calma exhausta que nos permitirá a pesa de todo, continuar.

 

Muchos dicen que sienten tu pena, que sus sentimientos acompañan a los tuyos. Te envían flores, cartas de condolencia, te visitan, te hablan, te distraen. Pero, entre todas esas personas, siempre hay alguien especial que se queda a tu lado sin decirte nada, y solamente aprieta muy fuerte tu mano.

 

Refúgiate en esa persona que trata de aliviar tu pena en silencio, que te comprende y que sabe que, en un primer momento, es necesario vivir el dolor en toda su dimensión, para después, asimilarlo y ofrecerlo al movimiento incesante de la vida.

 

El dolor no ha desaparecido. Y tal vez nunca lo haga. Pero la rebeldía y la desesperada angustia de los primeros momentos se van atenuando, van dejando paso a la vida. A la vida misma de esa persona tan querida que no está; a esa vida que fue rica, plena, valiosa y nos ha dejado tantos maravillosos recuerdos.

 

Y un día nos descubrimos pensando en algo que esa persona hacía o nos decía mientras nos invade una cálida ternura. Somos capaces de recordar, de volver a pasar por el corazón palabras, anécdotas, enseñanzas, instantes de felicidad vividos. Tal vez todavía con lágrimas, pero agradeciendo a la vida haber compartido el amor y la existencia de ese ser amado.

 

Ha llegado el tiempo de la memoria, de celebrar el legado que nos dejó. Para algunos será un ejemplo o una misión que cumplir. Para otros, una huella imborrable. Pero en todos los casos, es el tiempo de revivir tantos momentos únicos. Porque el amor siempre prevalece frente a la muerte.

 

La naturaleza, generosa y compasiva con los seres humanos, nos dio la memoria, y con ella, la posibilidad de que vivan en nosotros y para siempre las personas que hemos amado y los momentos que añoramos. Nuestros recuerdos son nuestra pequeña fábrica casera de inmortalidad.

 

En nuestra vivencia del dolor por la ausencia de la persona a la que amamos, llegará el momento de seguir, de avanzar, de permitir que nuevas emociones se aniden en nuestro corazón. Pero cada uno necesita un tiempo diferente para que esto ocurra. Y así como será bueno aceptar que nuestro viaje continúa, también lo es respetar nuestro propio tiempo de pesar y memorias.

 

El amor perdura y se prolonga, a pesar de todos los sentimientos dolorosos de nuestro interior. En lo más profundo de nosotros sabemos que el amor nos puede acompañar más allá de cualquier tipo de muerte, y también sabemos que el tiempo y el don de Dios son curas maravillosas para el corazón.

 

Y llega un día en que nos sorprendemos sonriendo. La primera sensación será tal vez la culpa; nos parece imposible haber vuelto a hacerlo. Pero la vida tiene su propia fuerza arrolladora: como una ola siempre ascendente incorporará la vida de esa persona a la que amamos tanto –no su muerte, sino su vida- al resto de nuestra realidad.

 

A partir del sufrimiento, de la tristeza, aprendemos a valorar la vida. Llega, por fin, el día en que una nostalgia que no hiere reemplaza al dolor del vacío y la incomprensión.

 

Aceptamos su desaparición física porque percibimos junto a nosotros su presencia espiritual. Y aprehendemos de modo definitivo que el amor no muere nunca.

 

Ahora es tiempo también de valorar a los que han permanecido a nuestro lado, alentándonos, protegiéndonos. El recuerdo de quien ya no está se suma a la presencia de los que nos rodean, y todos se unen en una sola palabra: amor.

 

El amor nos da fuerzas para aceptarlo todo, para ver y apreciar lo que la vida nos da, más allá de lo que también nos quita. El amor nos ayudará a encontrar la paz, la esperanza y a recuperar la alegría que necesitamos para que nuestro mundo, que parecía detenido, siga girando como siempre.

 

Lidia María Riba

 

 

Dios mío, yo te ofrezco mi dolor.

¡Es todo lo que puedo ofrecerte!

Tú me diste un amor, un solo amor,

¡un gran amor!

Me lo robó la muerte y no me queda

Más que mi dolor.

Acéptalo, Señor:

¡Es todo lo que puedo ya ofrecerte!

 

Amado Nervo

 

 

Tú que lloras, acude a este Dios porque Él llora.

Tú que sufres, acude a Él porque sana.

Tú que tiemblas, acude a este Dios que sonríe.

Tú que pasas, acércate a Él porque permanece.

 

Victor Hugo

 

 

El llanto más doloroso es el que no tiene lágrimas por más que uno se emborrache de tragarlas y tragarlas.

 

Mario Benedetti

 

 

El recuerdo es el único paraíso del cual no podemos ser expulsados.

 

Jean Paul Richter

 

 

La persona que hoy has perdido ha entrado realmente dentro de ti y sigue viviendo en ti como parte de tu ser. No solamente como recuerdo, o como una máxima de que has hecho tuya y que termina estando entre tú y el mundo. En donde ha habido una relación, la otra persona se ha convertido en una parte de ti mismo.

 

Luis de las Casas

 

 

Hay momentos de la vida cuyo solo recuerdo es suficiente para borrar años de sufrimiento.

 

Leonard Sandeau

  

 

Sé que detrás de las tinieblas existe una luz segura. Ciertamente, hemos nacido para la eternidad.

 

Eugene Ionesco

 

 

Las nubes que están ocupando en este momento el cielo de tu alma van a pasar. El sol retornará y no se irá nunca.

 

Paulo Coelho

 

 

Creo en la inmortalidad del alma como un acto supremo de fe en el carácter razonable de la obra de Dios.

 

Johann Fichte

 

 

Si en cada despedida uno muere un poco, la muerte es sólo una gran despedida. Pero la experiencia me ha regalado la certeza del reencuentro.

 

Mamerto Menapace

 

 

Todos debemos morir. Quizá la principal función del sanador sea ayudar a la gente a aceptar la muerte cuando esta no puede evitarse y aliviar el sufrimiento de aquellos que siguen con vida.

 

Richard Reoch

 

 

Durante los periodos de crisis aguda parece imposible reflexionar sobre cualquier significado que pueda esconder nuestro sufrimiento. A menudo, lo único que podemos hacer es soportarlo. Y es natural considerarlo una injusticia y preguntarnos:

-¿Por qué a mí?.

Afortunadamente, sin embargo, en los momentos de alivio o en los períodos posteriores a experiencias de sufrimiento agudo, podemos reflexionar sobre él y buscar su significado.

 

Dalai Lama

 

 

Iba yo por un camino, cuando una voz de mujer detrás de mí me dijo:

-¿Me conoces?

Me volví y le contesté:

-No recuerdo tu nombre.

Ella me dijo:

-Yo soy aquella Tristeza profunda que sufriste hace tiempo.

Sus ojos se parecían a la mañana cuando el rocío está todavía en el aire.

Permanecí en silencio y luego le pregunté:

-¿Has perdido aquella carga inmensa de lágrimas?

Ella sonrió sin contestarme. Comprendí que sus lágrimas habían tenido tiempo de aprender el lenguaje de las sonrisas. Me recordó:

-Una vez aseguraste que conservarías tu tristeza para siempre.

 Avergonzado, respondí:

-Es verdad, pero los años han pasado.

Después, con su mano entre las mías, le dije:

-Pero tú también has cambiado.

Entonces, ella me contestó, serena:

-Debes saber que lo que un día fue Tristeza es ahora Paz.

 

Rabindranath Tagore

 

 

Quien ha llorado mucho tiene ojos más claros para escrutar las estrellas y ojos más profundos para las cosas de todos los días.

 

Louis Veuillot

 

 

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