EL VALOR DE LA LIBERTAD

 


 

Nació el 23 Junio 1936 en Oak Park, Illinois. En 1970 salió publicado su libro que marcó la vida de millones de lectores en el mundo entero, que nos dio alas, que nos enseñó el valor de la libertad, de tomar nuestras propias decisiones, vivir nuestra vida y nuestra leyenda personal.

 

Con «Juan Salvador Gaviota», su autor Richard Bach nos puso a volar con la imaginación al igual que él volaba los  aviones para darnos alas de libertad. A través de su obra destaca una bellísima manera de enseñarnos el valor de la libertad; su pluma vuela también entre los pensamientos más profundos sobre el amor, la esperanza y la necesidad de ser uno mismo.

 

Pese a haber sido piloto de guerra de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, él jamás podría escribir un libro sobre vuelos aunque lo intentara, si por vuelos entendemos un simple manual de planos técnicos y ejercicios. Él escribió sobre remontarse a lo alto, que es una hazaña, no de máquinas, sino de la imaginación.

 

 

 

 

 

 

Jamás fue Dédalo, ni tampoco Ícaro; ellos fueron seres especiales en otra forma, sin embargo Richard fue de los que presenciaron los intentos de Dédalo y los fracasos de Ícaro y que, luego decidió hacerlo por su cuenta sin importarle los riesgos.

 

Para volar una aeroplano se debe confiar en lo que no se ve. No hay cuerdas que lo sujeten en el cielo. Eso mismo pasa en la vida, hay fuerzas que no se ven, son poderes desconocidos para quienes viven sin curiosidad, sin descubrir la esperanza ni la luz.

 

Para Richard Bach sus dos grandes pasiones son, por supuesto, los aviones y la escritura; cuando no escribe sigue volando en sus viejos aeroplanos.

 

Volar es una metáfora de la vida, volar es su religión, es la única forma que tiene de aproximarse a la verdad. Todos los pilotos de aeroplanos conocen el mismo lenguaje, al punto de descifrar el silencio, pues todos se enfrentan al mismo viento y a las mismas tormentas.

 

Richard vive en su refugio en Iowa, a orillas de un lago, en la América profunda, con su esposa Sabryna, sus cinco hijos y los hurones de mascotas. Pasa el día escribiendo, pintando y reserva un tiempo para charlar con su esposa; a veces vuelan juntos sólo por el deseo de ver el mundo desde el aire.

 

Cuando compró su primera máquina de escribir, prometió que nunca escribiría sobre cosas en las cuales no estuviera verdaderamente interesado y hoy se siente tranquilo de no haberse separado de aquella promesa.

 

Para él lo primero es entretener al lector, ¡y el primer lector de lo que escribe es él!.

 

 

 

 

 

 

Ahora escribe sobre hurones al igual que antes lo hacía sobre gaviotas. Él encuentra en los animales un mundo ideal que el de los humanos niega todos los días.

 

Los animales viven en un mundo honesto; cuando se encontró por primera vez con un hurón, se quedó impresionado por su carácter. Imaginó cómo sería su cultura, en la que no existe la idea de maldad, sin crimen, ni guerras, donde cada animal vive de acuerdo con sus más altos principios.

 

 

 

 

 

 

Él recrea su mundo, que es como el nuestro, pero sin nuestro lado oscuro, sin nuestra fascinación por la destrucción. Los hurones nos recuerdan que cada elección que hacemos tiene consecuencias en nuestras vidas; si elegimos el goce que proporciona la creatividad, si elegimos dar regalos a los otros, descubrimos la felicidad.

 

Cada vez que él se encuentra con un hurón es un acicate para vivir de acuerdo con sus principios más elevados. Estos animales encarnan la persecución de los ideales y la importancia del trabajo en equipo para aquellos que creen que la vida es el don más importante.

 

Richard Bach no «vuela» del mismo modo que su tatarabuelo, Johann Sebastian Bach, tampoco «escribía» música: la exhalaba. El tatarabuelo escribió la música, su descendiente ha puesto la letra simple.

 

Recopilado por Elias Benzadon

 

 

 

 

 

 

 

-¿Mamá, crees que cuando sea mayor podré entrar en el Cuerpo Hurón de Salvamento? –preguntó Bethany Hurón-

 

Katrinka Hurón se volvió hacia su hija y la observó en silencio.

 

-¡Ay! -suspiró. –Te pareces tanto a tu padre. Puedes ser cualquier cosa que desees ser, hija mía. Sólo tienes que desearlo con fuerza.

 

Lejos de la casita de piedra, en las tierras altas que hay cerca del techo del mundo, los hurones filósofos habían llegado a la misma conclusión: sólo encontramos la felicidad cuando perseguimos aquello que verdaderamente deseamos. Lo llamaban sabiduría.

 

Aunque Bethany Hurón todavía escucharía muchas veces su cuento favorito, aquella noche, mientras escuchaba a su madre, supo que algún día ocuparía el puente de mando de su propio buque de salvamento.

 

«Crónica de los hurones 1- En el mar»

 

 

 

 

Nunca he sido un gurú. Si andamos por una playa, dejamos impresas nuestras huellas. Los que llegan son libres de seguirlas pero lo que encontrarán si lo hacen son sus propios puntos de vista, no los míos. Mis huellas son producto de mis errores y de mis descubrimientos, y no recomiendo que me sigan.

 

Disfruto pensando que nunca hemos nacido. Creo en un Ser Infinito, indiferente a nuestros problemas, a nuestra pobre existencia de bípedos en un pequeño planeta de un pequeño sistema solar en un rincón de una pequeña galaxia. Si el planeta estallara no afectaría a nuestra verdadera vida, que no tiene nada que ver con la muerte y la destrucción. Se perdería sólo lo material. Somos libres para vivir y mirar en otra dirección, más verdadera. Esta dirección diferente es lo que me fascina.

 

Richard Bach

 

 
 
 

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