UN NIÑO PERENNE

 

 

 

 

 

Clive Staples Lewis nació el 29 Noviembre 1898 en Belfast, Irlanda del Norte. Antes de cumplir los cuatro años, Lewis tomó la importante decisión de cambiar su nombre; le disgustaba el de Clive y como Jack Lewis sería conocido entre su familia y amigos por el resto de su vida.

 

A principios de 1900, cuando llovía los hermanos Lewis tenían prohibido salir de casa. Esta restricción se debía al peligro de la tuberculosis y mantener a los niños abrigados y secos era la mejor defensa de los padres contra la amenaza. Durante esos días largos y lluviosos y mientras su hermano Warren pintaba barcos, Jack dibujaba «animales vestidos». Poco a poco comenzó a emerger un país imaginario, y pronto Jack escribía sus primeros cuentos.

 

Algún tiempo después se mudaron a «Little Lea» donde había un ropero alto, de oscura madera de roble, que había sido tallado a mano y armado por el abuelo de los niños. Ellos se metían dentro del ropero, se sentaban silenciosamente en la oscuridad. Este ropero serviría de inspiración a Jack para la puerta de entrada hacia el país de Narnia.

 

 

 

 

Estuvo en el ejército durante la Primera Guerra Mundial y allí mataron su amigo «Paddy Moore». Jack prometió hacerse cargo de Janie King Moore, la madre de su amigo, así como de su hermana Maureen, cumpliendo su promesa hasta la muerte de la señora Moore en 1951.

 

Fue ateo por muchos años y en 1931 dejó de resistirse y admitió que Dios era Dios. Fue un profesor eminente que gozó de gran popularidad entre sus alumnos.

 

Lewis escribía libros fascinantes de cuentos de hadas, ciencia ficción, teología cristiana y crítica literaria pero siempre será recordado por los siete libros de «Las Crónicas de Narnia» y aunque sus lectores le pedían que continuara con la serie él opinaba que era mejor parar cuando la gente todavía pedía más que seguir hasta que se cansaran.

 

Algunas personas parecían creer que comenzó preguntándose cómo podía contar algo a los niños acerca del cristianismo, él jamás podría escribir así. Todo comenzó con imágenes: un fauno bajo un paraguas, una reina en un trineo, un magnífico león. Incluso al principio no había nada cristiano allí; ese elemento se introdujo por su propia cuenta.

 

 

 

 

El verdadero arte de escribir comenzaba con una imagen. Veía escenas y paisajes. No tenía idea si este era el modo habitual de escribir cuentos y mucho menos si era el mejor. Era el único que conocía.

 

A medida que Jack escribía el primero de sus cuentos de Narnia, tomaba conciencia de que el cristianismo había comenzado a deslizarse silenciosamente dentro de su historia. Comenzó a ver cómo esta clase de cuentos podía vencer cierta inhibición que había paralizado gran parte de su propia religiosidad durante su infancia. Encontraba tan difícil sentir como le decían que tenía que sentir ante los sufrimientos de Cristo.

 

Pensó que la razón principal era ser obligado a sentir así. Tener obligación de sentir enfría los sentimientos. Pero suponiendo que trasladamos estas cosas a un mundo imaginario, despojándolas de toda relación con imágenes de vitrales y enseñanzas religiosas de escuela dominical, se podría lograr que por primera vez surgieran los sentimientos con su verdadera fuerza.

 

Jack suponía que hubiese un país como Narnia y que el Hijo de Dios, así como se hizo Hombre en nuestro mundo, se hizo León Aslan allí, y entonces imaginemos lo que sucedería. Si hay otros mundos y éstos necesitan ser salvados, y Cristo hubiera de salvarlos como Él quisiera, en realidad Él podría tomar cualquier clase de cuerpo en aquellos mundos, y nosotros nada sabríamos.

 

 

 

 

En el año 2005, los Estudios Disney llevaron al cine el primer libro –y segundo en la cronología- de las Crónicas de Narnia: El León, la Bruja y el Ropero. En ella los hermanos Pevensie llegan al mundo de Narnia donde la Reina Blanca mantiene al reino en un invierno permanente sin que nunca llegue la Navidad.

 

El enorme éxito de esta serie hizo que muchos pequeños lectores escribieran a Lewis, y éste, en una prueba más de su cordialidad y de su afecto verdadero por los niños, nunca dejó de contestar estas cartas lo que para él era un deber sagrado, incluso en sus últimos días y ya muy enfermo.

 

Siendo un hombre bueno, nunca era más sensible que cuando escribía a los jóvenes. Recordaba muy bien los miedos, preguntas y alegrías de la niñez, y comprendía muy bien a sus pequeños corresponsales.

 

La facilidad de Jack para comprender a los niños provenía desde dentro de sí mismo. Cuando tenía diez años, leía cuentos de hadas en secreto y se habría avergonzado si le hubieran sorprendido haciéndolo. Ahora que tenía cincuenta años, los leía sin ningún recato. Cuando llegó a hombre dejó de lado las niñerías incluidos los temores infantiles y el deseo de crecer pronto.

 

Jack opinaba que el lector infantil no debe ser tratado con tono de superioridad ni tampoco como un ídolo: le hablaba de hombre a hombre. Tenía que tratar de no hacerle daño; a veces podía, por la omnipotencia de Dios, atreverse a esperar que le haría algún bien pero sólo aquel bien que implica tratarlo con respeto.

 

 

 

 

El contacto directo de Lewis con los niños era limitado. Aunque su esposa americana Joy Davidman aportó de inmediato una familia al empedernido solterón, él se casó bastante pasada la edad madura. El 23 de Abril 1956, Jack se casó con Joy Davidman Gresham y se convirtió en padrastro de sus dos hijos, David de doce años y Douglas de diez.

 

Al poco tiempo de casarse, Joy enfermó gravemente de cáncer y tuvo alguna recuperación durante cierto tiempo. Jack opinaba que Aslan sabía lo que hacía y tanto si la dejaba con él o Él se la llevaba a su país, haría lo correcto, pero indudablemente tenía una gran pena. Joy falleció el 13 Julio 1960 a los cuarenta y cinco años de edad.

 

En esta oportunidad, Jack comentó que cuando en el alma no tienes nada a excepción de un grito de ayuda, quizás sea precisamente el momento en que Dios no te puede socorrer: eres como el que está a punto de ahogarse y nadie te puede ayudar porque te aferras y arrastras. Quizás la insistencia de tus llantos y tus gritos te ensordece para la voz que esperabas escuchar.

 

En el año 1994, la Cadena HBO llevó al cine esta etapa de la vida de Jack en la película «Shadowlands» interpretada por Anthony Hopkins y Debra Winger.

 

Jack no creía que la edad importe tanto como piensa la gente. Hay partes de él que todavía tenían doce años y creía que otras partes ya tenían cincuenta cuando él tenía doce.

 

El 22 Noviembre 1963, Jack murió serenamente en su hogar, «The Kilns». Es un autor que nunca se volvió «viejo», ni en creatividad ni cristianismo; la fe y la imaginación mantuvieron en él un niño perenne y encantador.

 

Recopilado por Elias Benzadon

 

 

 

 

 

Qué divertido sería ordenar todos mis libros como una catedral. En mi opinión, «Milagros» y los demás textos de ensayo, serían la escuela de esta catedral: mis cuentos para niños, verdaderas capillas laterales, cada una con su pequeño altar.

 

Un hombre perfecto no debería actuar jamás por sentido del deber; siempre debería querer lo que es bueno en lugar de lo que es malo. El deber es sólo un sustituto del amor de Dios y de los demás, así como una muleta es el sustituto de una pierna. Muchos necesitamos la muleta a veces; pero claro que es una idiotez usar la muleta, cuando nuestras propias piernas –nuestros propios amores, gustos, costumbres- pueden hacer el viaje por sus propios medios.

 

Una alegoría pura es como un rompecabezas con solución; una gran historia fantástica es como una flor cuyo aroma te recuerda algo que no puedes situar con precisión. Creo que ese algo es la «cabal» esencia de la vida que vivimos realmente.

 

 

La salud y la enfermedad coexisten dentro de mí y ahora están reconciliadas en una benigna invalidez. ¡Pero te prometo que hubiera preferido que la salud hubiera luchado y asesinado a su antagonista! Estoy bastante bien para ser un hombre que se ha transformado en un permanente inválido, y si no puedo usar mucho mis piernas, todavía puedo usar mi cabeza, y estoy en condiciones de seguir escribiendo.

 

¡Es divertido que todos los niños que me escriben ven de inmediato quién es Aslan, y los grandes jamás!

 

Hay solamente tres clases de cosas que todos necesitamos hacer siempre: las cosas que debemos hacer, las cosas que tenemos que hacer y las cosas que nos gusta hacer. Parece que algunas personas pasan la mayor parte de su tiempo haciendo cosas que no obedecen a ninguna de estas tres razones, cosas como leer libros que no les gustan sólo porque los demás los leen. Las cosas que tú debes hacer son cosas tales como cumplir con tus tareas escolares o ser cariñosa con la gente. Las cosas que uno tiene que hacer son cosas como vestirse y desvestirse, o hacer las compras de la casa. Las cosas que a uno le gusta hacer… pero, claro, yo no sé qué te gusta a ti. Quizás algún día me escribes y me lo dices.

 

Clive Staples «Jack» Lewis

 

 

 

 

 

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