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UNA FINA BARRERA

 
 
 
 
 
El hombre caminaba paseando por aquellas callecitas de la ciudad provinciana. Tenía tiempo y entonces se detenía algunos instantes en cada vitrina, en cada negocio, en cada plaza.
 
Al dar vuelta una esquina se encontró de pronto frente a un modesto local cuya marquesina estaba en blanco; intrigado se acercó a la vitrina y arrimó la cara al cristal para poder mirar dentro del oscuro escaparate, en el interior solamente se veía un atril que sostenía un cartelito escrito a mano que anunciaba: «Tienda de la verdad».
 
El hombre estaba sorprendido. Pensó que era un nombre de fantasía, pero no pudo imaginar qué vendían. Entró. Se acercó a la señorita que estaba en el primer mostrador y preguntó:
 
-Perdón, ¿ésta es la tienda de la verdad?
 
-Sí, señor, ¿qué tipo de verdad anda buscando: verdad parcial, verdad relativa, verdad estadística, verdad completa?
 
Así que aquí vendían verdad. Nunca se había imaginado que esto era posible, llegar a un lugar y llevarse la verdad, era maravilloso.
 
-Verdad completa -contestó el hombre sin dudarlo. Estoy tan cansado de mentiras y de falsificaciones, pensó, no quiero más generalizaciones ni justificaciones, engaños ni defraudaciones.
 
-¡Verdad plena! - ratificó.
 
-Bien, señor, sígame.
 
La señorita acompañó al cliente a otro sector y señalando a un vendedor de rostro adusto, le dijo:
 
-El señor lo va a atender.
 
El vendedor se acercó y esperó que el hombre hablara.
 
-Vengo a comprar la verdad completa.
 
-Ajá, perdón, ¿el señor sabe el precio?
 
-No, ¿cuál es? -contestó rutinariamente. En realidad, él sabía que estaba dispuesto a pagar lo que fuera por toda la verdad.
 
-Si usted se la lleva -dijo el vendedor -el precio es que nunca más podrá estar en paz.
 
Un frío corrió por la espalda del hombre, nunca se había imaginado que el precio fuera tan grande.
 
-Gracias, disculpe.
 
Se dio vuelta y salió del negocio mirando el piso.
 
Se sintió un poco triste al darse cuenta de que todavía no estaba preparado para la verdad absoluta, de que todavía necesitaba algunas mentiras donde encontrar descanso, algunos mitos e idealizaciones en los cuales refugiarse, algunas justificaciones para no tener que enfrentarse consigo mismo.
 
-Quizá más adelante, -pensó.
 
Anthony De Mello
 
 
 
Siempre hay que decir la verdad, no hay que decir mentiras; siempre nos lo han dicho nuestros padres, la religión, nuestra conciencia. Pero pienso que a veces una mentira bien dicha es necesaria.
 
A raíz del éxito que tuvo el cineasta español Pedro Almodóvar con su película «Todo sobre mi madre», la prensa se interesó en conocer la influencia de su madre en la vida de Almodóvar. El director cuenta que cuando tenía ocho años, allá por el año 1959, vivió en la ciudad de Cáceres, lugar donde habían muchas personas analfabetas.
 
Aquella incultura llevó a su madre a convertirse en una lectora de cartas. El don de improvisar, de fingir con absoluta naturalidad de su madre le fue revelado en aquellas visitas a las vecinas con intención de leerles las cartas, muchas de las cuales provenían de hijos y novios de las vecinas, los cuales se encontraban en la emigración en busca de trabajo.
 
Él la acompañaba para escuchar embelesado cómo su madre medio leía y medio inventaba lo que contenían esas cartas, cómo era capaz de conocer las necesidades de sus vecinos y perfeccionar las palabras de esas cartas para que sus receptoras escucharan lo que realmente querían escuchar.
 
 Recuerdos y preguntas que no existían se convertían en sonrisas y complacencia en el rostro de quien las esperaba. Esto le dio a Almodóvar claves sobre la relación entre ficción y realidad. La mentira era una fina barrera que separaba las dos.
 
La ficción actúa muchas veces como unificadora de esa realidad, rellena los huecos que ésta deja y que necesitan ser completados porque la una sin la otra no pueden existir.
 
Esta otra historia fue recogida en la revista «Selecciones del Reader's Digest» y cuenta que durante la gran depresión de 1929 en los Estados Unidos, había una señora viuda que vivía con sus tres hijos.
 
Pese a las grandes penurias que pasaban, la madre siempre les decía a sus hijos que se esforzaran al máximo pero que si llegase el caso de una extrema urgencia, ella tenía una libreta de ahorros que le había dejado su difunto esposo.
 
La familia luchaba por salir adelante con grandes esfuerzos y cuando alguno de los hijos sentía que no podía más, se acordaba de la libreta de su padre y pensaba que en último caso podría recurrir a esos ahorros, y seguían adelante pero sin querer tocar los ahorros. Les reconfortaba saber que ese dinero estaba ahí y se sentían tranquilos.
 
Pasó el tiempo, la situación económica mejoró mucho para la familia y nunca llegaron a tocar los ahorros de su padre. Un día que estaban reunidos, los hijos le preguntaron a su madre sobre la libreta. En ese momento, la madre les confesó que dicha libreta de ahorros nunca existió.
 
De todas maneras, sigo pensando que hay que decir la verdad, pero una mentira dicha a la persona adecuada, en el momento correcto y en la dosis necesaria, en muchos casos es mejor que la pura verdad.
 
Elias Benzadon
 
 
 
 
Si la falsedad, como la verdad, tuviese un solo rostro, estaríamos mejor, ya que podríamos considerar cierto lo opuesto de lo que dijo el mentiroso. Pero lo contrario a la verdad tiene mil formas y un campo ilimitado. He dicho la verdad, no tanto como hubiera querido, pero tanto como me he atrevido. Y cuanto más envejezco, más me atrevo.
 
Michel de Montaigne
 
 
Es fácil que un hombre confiese las mentiras que se dice a sí mismo. Resulta mucho más difícil hacer que confiese la verdad.
 
Geoffrey Household
 
 
La verdad es odiada por las masas.
 
Baltasar Gracián
 
 
A menudo, probablemente, la verdad está más próxima a la imaginación, o a la inteligencia, o al amor, que a la realidad.
 
Shirley Hazzard
 
 
He abandonado la búsqueda de la verdad y ahora busco una buena fantasía.
 
Ashleigh Brilliant
 
 
Al hombre no le importa que le culpen por sus faltas ni ser castigado a causa de ellas, pero le inquieta que le pidan de deje de cometerlas.
 
Johann Goethe
 
 
Todos los pecados son intentos de llenar un vacío.
 
Simone Weil
  
 

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