SOMOS NUESTRO PROPIO DOMADOR

 

 

 

 

Cuando Jean Valjean es liberado de prisión se siente frustrado y solo. Aunque durante los muchos años que ha pasado bajo la custodia de la policía francesa nunca ha aceptado su condición de «criminal»: sólo había robado una hogaza de pan para alimentar a su familia que se moría de hambre, y fue sentenciado por ello a muchos años de trabajos forzados.

 

Una vez liberado descubre que no puede conseguir una sola jornada de trabajo honrado. La gente se mofa de él y le rechaza debido a su estado como ex convicto.

 

Finalmente, desesperado, empieza a aceptar la identidad que la impuesto la sociedad. Ahora es un criminal y empieza a actuar como tal. De hecho, cuando un sacerdote amable le acepta, le alimenta y le proporciona alojamiento para pasar la noche, cumple con su identidad criminal robando la humilde vajilla de plata de su benefactor.

 

Cuando la policía detiene a Valjean durante una comprobación rutinaria, descubre no sólo que se trata de un ex convicto, sino que lleva encima las posesiones más valiosas del sacerdote, un delito castigado con toda una vida de trabajos forzados.

 

Valjean es conducido ante el sacerdote y, tras la exposición de los hechos, el cura insiste en que la plata fue un regalo y le recuerda a Valjean que ha olvidado los dos candelabros de plata que quedaban. Ante la posterior sorpresa de Valjean, el sacerdote transforma su generosa mentira en verdad y le despide con la plata para que inicie una nueva vida.

 

Valjean tiene que afrontar las acciones del sacerdote. ¿Por qué aquel hombre creyó en él? ¿Por qué no dejó que le prendieran y cargaran de cadenas? El sacerdote le había dicho que era su hermano, que Valjean ya no pertenecía al mal, que era un hombre honrado e hijo de Dios.

 

Esta interrupción de pauta a gran escala cambia la identidad de Valjean. Rompe los documentos de la prisión, se traslada a otra ciudad y asume una nueva identidad. Al hacerlo, cambia todo su comportamiento. Se convierte en un líder y ayuda a los que viven en su comunidad.

 

No obstante, un policía, Monsieur Javert, se impone la obligación de encontrar a Valjean y llevarle ante la justicia. Él «sabe» que Valjean es malvado y se define a sí mismo como alguien que presenta el mal ante la justicia.

 

Cuando Javert lo descubre por fin, Valjean tiene la oportunidad de eliminar su némesis, pero le salva magnánimamente la vida. Tras toda una vida de persecución, Javert descubre que Valjean es un buen hombre, quizás incluso mejor que él mismo, ya no puede afrontar entonces el potencial de darse cuenta de que quizá fue él la persona verdaderamente cruel y malvada.

 

Como resultado de ello, se arroja a los rápidos del río Sena.

 

Victor Hugo, «Los miserables»

 

 

 

La atención es la capacidad que tenemos de discernir y centrarnos en aquello que queremos percibir. Percibimos millones de cosas simultáneamente, pero utilizamos nuestra atención para retener en el primer plano de nuestra mente lo que nos interesa.

 

Los adultos que nos rodeaban captaron nuestra atención y, por medio de la repetición, introdujeron información en nuestra mente. Así es como aprendimos todo lo que sabemos.

 

Utilizando nuestra atención aprendimos una realidad completa. Aprendimos cómo comportarnos en sociedad: qué creer y qué no creer; qué es aceptable y qué no lo es, qué es bueno y qué es malo; qué es bello y qué es feo; qué es correcto y qué es incorrecto.

 

Ya estaba todo allí: todo el conocimiento, todos los conceptos y todas las reglas sobre la manera de comportarse en el mundo. Tan pronto como estamos de acuerdo con algo, nos lo creemos, y a eso le llamamos tener «fe». Tener fe es creer incondicionalmente.

 

Así es como aprendimos cuando éramos niños. Los niños creen todo lo que dicen los adultos. Estábamos de acuerdo con ellos, y nuestra «fe» era tan fuerte, que el sistema de creencias que se nos había transmitido controlaba totalmente el sueño de nuestra vida.

 

No escogimos estas creencia, y aunque quizá nos rebelamos contra ellas, no éramos lo bastante fuertes para que nuestra rebelión triunfase. El resultado es que nos rendimos a las creencias mediante nuestro acuerdo.

 

Cuando no acatábamos las reglas, nos castigaban; cuando las cumplíamos, nos premiaban. Nos castigaban y nos premiaban muchas veces al día. Pronto empezamos a tener miedo de ser castigados y también de no recibir la recompensa, es decir, la atención de nuestros padres o de otras personas como hermanos, profesores y amigos.

 

Con el tiempo desarrollamos la necesidad de captar la atención de los demás para conseguir nuestra recompensa.

 

Cuando recibíamos el premio, nos sentíamos bien, y por ello, continuamos haciendo lo que los demás querían que hiciéramos. Debido a ese miedo a ser castigados y a no recibir la recompensa, empezamos a fingir que éramos lo que no éramos, con el único fin de complacer a los demás, de ser lo bastante buenos para otras personas.

 

Empezamos a actuar para intentar complacer a mamá, papá, a los profesores. Fingimos ser lo que no éramos porque no daba miedo que nos rechazaran. El miedo a ser rechazados se convirtió en el miedo a no ser lo bastante buenos. Al final, acabamos siendo alguien que no éramos. Nos convertimos en una copia de las creencias de nuestros padres y de la sociedad.

 

En el proceso de domesticación, perdimos todas nuestras tendencias naturales. Y cuando fuimos lo bastante mayores para que nuestra mente lo comprendiera, aprendimos a decir que «no». Nos rebelábamos para defender nuestra libertad.

 

Queríamos ser nosotros mismos, pero éramos muy pequeños y los adultos eran grandes y fuertes. Después de cierto tiempo, empezamos a sentir miedo porque sabíamos que cada vez que hiciéramos algo incorrecto recibiríamos un castigo.

 

La domesticación es tan poderosa que, en un determinado momento de nuestra vida, ya no necesitamos que nadie nos domestique. Estamos tan bien entrenados que somos nuestro propio domador.

 

Ahora nos domesticamos a nosotros mismos según el sistema de creencias que nos transmitieron y utilizando el mismo sistema de castigo y recompensa. Nos castigamos a nosotros mismos cuando no seguimos las reglas de nuestro sistema de creencias; nos premiamos cuando somos «un niño bueno».

 

Nuestro sistema de creencias no es cuestionable, cualquier cosa que esté en él es nuestra verdad. Basamos todos nuestros juicios en él, aun cuando vayan en contra de nuestra propia naturaleza interior.

 

¿Cuántas veces pagamos por un mismo error? Miles de veces. Tenemos una gran memoria. Cometemos una equivocación, nos juzgamos a nosotros mismos, nos declaramos culpables y nos castigamos. Pero cada vez que lo recordamos, nos juzgamos de nuevo, volvemos a considerarnos culpables y nos volvemos a castigar.

 

La mayoría de las creencias que hemos almacenado en nuestra mente no son más que mentiras, y si sufrimos es porque creemos en todas ellas. A los seres humanos les resulta normal, sufrir, vivir con miedo y crear dramas emocionales.

 

Dr. Miguel Ruiz

 

 

Cuando ensanchamos nuestra forma de pensar y nuestras creencias, nuestro amor fluye libremente. Cuando nos contraemos, nos bloqueamos y aislamos. Necesitamos saber qué pasa en nuestro interior para poder saber qué tenemos que dejar marchar. En lugar de ocultar nuestro dolor podemos liberarlo totalmente.

 

Louise Hay

 

 

Indudablemente todo ser humano es distinto a otros. Todos tenemos un rasgo que nos distingue de los demás y que nos hace ser únicos. Y todos tenemos un rol que cumplir. Y nadie puede dudar de que el rol que mejor cumplimos es el nuestro. Debemos rescatar lo que tenemos profundamente arraigado en nuestro ser, porque esa, nuestra esencia, es la que nos hace ser lo que somos. Y debemos ser auténticos y dejarla aflorar tal cual es, respondiendo a nuestras propias necesidades de comunicación. Somos lo que somos, y eso lo llevamos marcado a fuego en nuestro interior, aunque por fuera mostremos otra cosa. No debemos ceder ante quienes nos piden que no nos mostremos como realmente somos. Ni debemos ceder ante nuestra propia debilidad de tomar prestada la personalidad de otros. No la podríamos llevar por mucho tiempo. No hay nada más grotesco que aquel que finge ser quien no es. Es como andar disfrazado. Mostrémonos y actuemos tal cual somos. Es la única manera de dar lo mejor de uno mismo. Lo demás, lo demás se escapará de nuestras manos casi antes de que podamos asirlo.

 

Graciela Heger

 

 

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