EL SIGNIFICADO DE LA TEMPORALIDAD

 

 

 

 

 

 

A su padre, el Rey Sudhodana, le gustaba la idea que su hijo se convirtiera en un gran líder político y por esta razón consintió a su hijo para evitar que viera cosas que pudieran llevarlo por la senda religiosa, aunque el Príncipe Siddharta parecía más interesado por la naturaleza que por las destrezas militares. Las profecías decían que un día abandonaría el palacio para convertirse en un líder religioso.

 

A los nueve años, su padre le permitió ir al Festival Anual del Arado donde participó de buen grado. Vio arar a un agricultor, vio el trabajo, el esfuerzo, la lucha y la repetición de esta labor agotadora, algo que nunca había visto en palacio. Se escabulló de los festejos y se quedó solo. Sintió que su mente le guiaba a un estado contemplativo.

 

Mientras observaba como el arado atravesaba y separaba la tierra, descubrió un pájaro comiéndose a un gusano que acababa de ser desenterrado. Se preguntó por qué los seres vivos tenían que sufrir de este modo. Si aquél hombre no hubiera arado, el pájaro no se habría comido al gusano.

 

Se dio cuenta que todo estaba relacionado y de que todas las acciones tenían consecuencias. Esta sencilla observación se convertiría en una de las piedras angulares de sus enseñanzas: el karma.

 

Mientras Siddharta crecía, su padre hizo todo lo posible para que se quedara dentro del palacio. Cuando alcanzó los dieciséis años, el rey le encontró una hermosa novia, la Princesa Yasodara. Siddharta tuvo que competir por su mano y el rey disfrutó de la habilidad exhibida por su hijo en la competición.

 

El rey empezaba a convencerse que su hijo se encontraba a gusto en palacio rodeado de toda clase de placeres, pero este le importunó para que lo dejara salir; el rey aceptó pero eliminó de los alrededores de palacio todo aquello que fuera desagradable.

 

El primer contacto de Siddharta con el exterior le revelaría la cruda realidad. Con la ingenuidad de un niño, salió con Channa, su auriga como guía. El príncipe realizó cuatro viajes y vio cuatro señales como había predicho el adivino. Cada viaje reveló a Siddharta un aspecto de la vida que se le ocultó deliberadamente.

 

En su primer viaje al campo, lejos de su padre, tuvo la primera señal cuando vio a un anciano que caminaba con dificultad por una aldea; preguntó a Channa qué le ocurría a aquél hombre y éste le explicó el proceso del envejecimiento. Siddharta se alarmó cuando supo que no se puede escapar a la vejez y que es algo que nos ocurre a todos. Para Siddharta la realidad empezaba a revelar una imagen cruel del mundo donde la desgracia y el sufrimiento parecían dominar todos los aspectos de la vida.

 

Llegó la segunda señal, Siddharta vio a un hombre enfermo con los miembros deformados por su dolencia. Preguntó a Channa si todo el mundo podía enfermar y supo la verdad de que todos podemos caer enfermos. El muro de fantasía que le rodeaba estaba empezando a desmoronarse.

 

La tercera señal se le mostró cuando vio un cadáver envuelto en lino al que llevaban a la pira funeraria. Siddharta se horrorizó al saber no sólo que todos los hombres son mortales sino que los brahmanes creían que después de la muerte todos renacemos para sufrir y morir una y otra vez. Al parecer no había fin ni solución al miserable e inevitable ciclo de la vida.

 

La cuarta señal marcaría el futuro de Siddharta cuando vio a un hombre vestido con una sencilla túnica y un platillo de limosna, ¿porqué  habría alguien de renunciar a los placeres del mundo para vagar por el campo pidiendo limosna?. Channa le explicó que el hombre había renunciado a esos placeres para enfrentarse a la realidad y buscar respuesta a esta dolorosa existencia. Este viaje dio una nueva comprensión del mundo a Siddharta, esas cosas que vio no sólo le sucedían a los demás, también le sucederían a él.

 

De regreso al palacio, se dio cuenta que las frutas y flores que le rodeaban se pudrirían y marchitarían; los muros de palacio acabarían por desmoronarse algún día. Su esposa acababa de dar a luz a un precioso bebé pero algún día ellos envejecerían, enfermarían y morirían. Era inevitable. Había aprendido el significado de la temporalidad y lo veía en todo lo que le rodeaba.

 

Siddharta sabía que tenía que dejar a su familia para buscar respuestas a las preguntas que le atormentaban sobre el significado de la vida. Se despojó de sus joyas y cambió sus ropas por harapos, se cortó su largo cabello. Se quedó solo por vez primera.

 

Al fin había escapado al falso mundo de la vida de palacio donde el sufrimiento había sido borrado de su vida, ahora necesitaba verse cara a cara con la realidad si quería encontrar una solución al dolor de la existencia. Se dio cuenta de que si quería encontrar una respuesta al sufrimiento que le rodeaba tendría que desafiar a la religión de los brahmanes.

 

 

 

 

 

 

En su búsqueda, Siddharta se adentró en el norte de la India; buscaba una forma de vida alternativa con que intentar superar el sufrimiento que había visto a su alrededor. Decidió centrarse en la técnica de la meditación. Esta práctica tenía dos modos en aquel tiempo. La primera consistía en ponerse bajo varios tipos de presión controlando la respiración. La segunda era sufrir otras formas de aflicción cuyo objetivo era alcanzar los estados alterados de conciencia con lo cual se buscaba ascender a las altas llanuras del universo.

 

Practicó el ascetismo severo donde los ascetas llegan a morir de hambre incluso automutilarse; para ellos el cuerpo físico es una barrera para la liberación espiritual ya que el despojarse de su apego al cuerpo limpiarán su cuerpo y liberarán su alma. Siddharta intentó alcanzar este estado de liberación, ayunó tanto tiempo que su vida llegó a correr peligro.

 

Cuando Siddharta estaba a punto de morir de hambre, una niña le salvó la vida ofreciéndole un cuenco de arroz y leche. Entonces se dio cuenta que si se dejaba morir de hambre, simplemente moriría sin haber conseguido nada. Se dio cuenta que disciplinar el cuerpo a través de una extrema abnegación, que el ascetismo de infligir al cuerpo dolor no resuelve el problema.

 

Por casualidad, Siddharta se encontró con un músico que tocaba su citar. Si las cuerdas estaban demasiado flojas, no podía tocar; si estaban demasiado tensas, se partían. En algún lugar intermedio se encontraba la melodiosa armonía. Siddharta se percató que esta sencilla observación implicaba algo de gran importancia, era ese camino intermedio el que le llevaría al estado mental que él buscaba, a un estado de melodiosa armonía, de iluminación pero necesitaba saber cómo lograrlo.

 

El camino que Siddharta sigue al final de esta etapa es el cuidado o la conciencia del cuerpo que ni lo ignora ni intenta dominarlo a la fuerza, es un camino intermedio. Este camino guió a Siddharta por el campo, llevaba seis años viajando, había experimentado el dolor y el sufrimiento y había ampliado los límites de su mente pero aún  no había encontrado la paz interior y la armonía que buscaba, el estado de absoluta sabiduría y dicha perpetua conocido como iluminación.

 

Siddharta llegó a Bodgaya, aquí su tormento llegaría a su fin, se sentó bajo un árbol y juró no abandonar el lugar hasta haber alcanzado la iluminación. Empieza a concentrar la mente prestando atención al lento movimiento de la respiración. Su mente estaba tan concentrada que ya podía penetrar con éxito en los tramos más oscuros de su inconciencia.

 

Ahora se enfrentaría a su último tormento, el mayor de todos: el Demonio Mara, el Señor del Ego y la Ilusión, se apareció ante él y podía conseguir que cualquier horror pareciera real en la mente de Siddharta. Mara no tienta a nadie, no es el contrapunto de Dios, es puramente una fuerza psicológica que tenemos en nuestro interior.

 

Mara desencadenó un ejército de demonios para que atacara a Siddharta; le dispararon flechas llameantes pero en pleno vuelo, Siddharta las convirtió en flores de loto y cayeron inocentemente a su alrededor.

 

Ante este fracaso, Mara intentó seducir a Siddharta tentándole con sus hijas. Le ataca el Rey Demonio que es al mismo tiempo muerte y deseo; el deseo es la muerte y la muerte es deseo. Y de hecho el Rey Demonio le ofrece a sus tres hijas que son tanto la Pasión, la Lujuria como la Aversión. Si escapas a ésta diciendo que es repugnante, también eres un esclavo de la Pasión.

 

Siddharta se muestra totalmente tranquilo e indiferente y las observa sin sensación alguna de atracción o repulsión. Los rostros de las hijas de Mara comenzaron a pudrirse ante los ojos de Siddharta y a continuación desaparecieron en el interior de la tierra. El reconocimiento por parte de Siddharta de que Mara es un aspecto de sí mismo, el reconocimiento total de ello es su iluminación.

 

Siddharta tenía treinta y cinco años y pasó por cuatro yanas para convertirse en Buda, el Despierto. Después pasaría siete días bajo el árbol en un estado meditativo de dicha absoluta. Este se considera un estado en el que la mente está increíblemente refinada y sensible y la imagen podría ser la de un lago que está totalmente tranquilo en el que se podría descubrir hasta un insecto sobre la superficie, por ello se considera un estado en el que la mente es muy poderosa como instrumento de conocimiento.

 

En este estado de tanta armonía, Buda vio la forma de escapar al inevitable ciclo de la vejez, la enfermedad y la muerte. Se dio cuenta que si eliminamos el deseo o apego, podemos eliminar el descontento y el sufrimiento de nuestras vidas.

 

La profundidad que Buda alcanzó bajo el árbol Bodhi significó el nacimiento del Budismo, una religión que hoy profesan cuatrocientos millones de personas. Buda resumió su sabiduría en Cuatro Verdades Nobles que son los fundamentos de todas las creencias budistas.

 

La primera verdad reconocía que en la vida hay sufrimiento. La segunda diagnosticaba la causa de ese sufrimiento: el deseo o apego. En la tercera verdad, como un médico, Buda revelaba que había una cura para el deseo. Y en la cuarta verdad daba la receta de cómo curar la enfermedad y lograr la iluminación o nirvana.

 

El objetivo último era alcanzar un estado mental completamente libre de deseo, ignorancia, avaricia, odio y engaño, por consiguiente, libre de todas las causas del futuro renacimiento. Cuando una persona iluminada muere, va más allá del renacimiento, a un estado más allá del espacio y del tiempo y no regresa, por ello, se considera un estado de liberación.

 

En sus enseñanzas, Buda señalaría la moralidad, la meditación y la sabiduría como trampolines hacia la iluminación. Dedicaría el resto de su vida a ayudar a los demás a seguir este camino hacia la liberación de todo sufrimiento.   

 

Ocho años después regresó al palacio y a la familia que había abandonado. Cuentan que su padre le perdonó por el profundo daño que le había causado. El Rey Sudhodana se dio cuenta de la importancia de la búsqueda de su hijo, incluso su madrastra le suplicó que le permitiera unirse a su sanga o monasterio y se convirtió en la primera monja de la historia.

 

Buda volvería a abandonar de nuevo a su familia, partió para enseñar durante cuarenta años y transmitir a sus seguidores la sabiduría que él había alcanzado bajo el árbol Bodhi pero antes de marcharse ordenó monje a su hijo. Buda animó a sus seguidores a vivir juntos en un sanga o monasterio para ayudarles a concentrarse en el camino hacia la iluminación.

 

A la mayoría de los occidentales no les atrae el Budismo como una forma de dejar atrás la sociedad, les atrae la práctica de la meditación para ser más eficaces dentro de la sociedad y es ahí donde el mensaje del Budismo toma un camino muy diferente porque se convierte en una forma de automejora, una forma de lidiar con el estrés de la vida, una forma de clarificar nuestros fines y objetivos.

 

Numerosos occidentales se sienten especialmente atraídos por la meditación budista. Todos vislumbramos a veces la magia y el misterio del momento; lo que la meditación hace es ayudarnos a tocarlo más a menudo, nos ayuda a ser más tranquilos y controlados en nuestra mente y podemos recrear condiciones que nos permiten entrar en un estado de conciencia, de interdependencia, de temporalidad, de nirvana.

 

Algunas escuelas budistas creen que Buda era sobrehumano, una figura mágica asociada con los dioses y que realizaba milagros. Otras afirman que no era más que un ser humano y creen que es esto lo que añade poder a su mensaje.

 

No hay duda que Buda deseaba ser recordado como un ser humano, con fragilidades humanas, quizás no fragilidades del intelecto o morales sino sin duda fragilidades físicas y Buda sufre de dolores de espalda. Buda moriría a los ochenta años de una enfermedad muy común: intoxicación alimenticia.

 

Dicen que antes de morir, cayó en un estado muy profundo en su viaje desde este mundo hacia el nirvana, un estado de dicha eterna, libre al fin del renacimiento, libre al fin del sufrimiento y la muerte.

 

Se convocó a un concejo para recoger para la posteridad las enseñanzas de Buda, que se aprenderían de memoria y se transmitirían a lo largo de los siglos gracias a generaciones de monjes.

 

Buda alcanzó la iluminación en el efímero momento de un parpadeo. Este momento, efímero momento, es el tiempo que se tarda en «darse cuenta» y ese momento no se puede explicar.

 

Ese momento especial dio origen a la primera religión del mundo, una religión sin un Dios, donde el camino hacia el nirvana se encuentra en la mente de todos y cada uno de nosotros.

 

BBC

 

 

 

 

No esperéis nada que no sea de vosotros mismos.

 

El mundo está lleno de sufrimiento. La raíz del sufrimiento es el apego a las cosas. El remedio está en dejar caer el apego a las cosas.

 

Bendice a tu enemigo, él te permite crecer.

 

Aquél que está Despierto se ve libre de cualquier cadena y trasciende la vida y la muerte. La ignorancia crea la ilusión del nacimiento y la muerte, pero cuando se disipa la ignorancia, se percibe el supremo y luminoso Absoluto.

 

Somos sistemas interdependientes compuestos de sentimientos, percepciones, pensamientos y conciencias interconectados entre sí. Analizándolo de este modo, descubrimos que el «mí» o lo «mío» no reside en ninguna de las partes de ese sistema, al igual que el sonido no pertenece a ninguna de las partes del laúd.

 

Esta existencia nuestra es tan transitoria como las nubes de otoño. Observar el nacimiento y la muerte de los seres humanos es como mirar los movimientos de una danza. Una vida es como un relámpago en el cielo, que se desliza veloz como un torrente por la pendiente de una montaña.

 

Buda

 

 

 

 

 

 

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