SE PUEDEN PERPETUAR EN EL AMBIENTE

 

 

 

 

El 15 de Agosto de 1991, mi hija Cristina falleció en un accidente de automóvil. Tenía veintisiete años y viajaba con sus dos hijos, los cuales se salvaron. Debo confesar que aún se me hace un nudo en la garganta cuando rememoro su muerte, el shock más grande de mi vida. La muerte de un hijo es tan antinatural que ningún padre puede asumirla por completo.

 

La ley de la vida te enseña que, con el paso de los años, tu formarás una familia y que un mal día desaparecerás y tus hijos y tus nietos te llorarán. Cuando te ocurre una desgracia como la mía tienes que aprender a racionalizarla hasta que evolucionas hacia un estado diferente de aceptación de la realidad.

 

Es la etapa que yo denomino dramática, la de los peores malos tragos, y conlleva mucho llanto y una desesperación total que se debe compensar con lo mejor de los recuerdos de la persona fallecida: su carácter y personalidad, cualquier detalle que la rememore como si estuviera viva. En definitiva que resulte agradable pensar en ella para facilitar el tránsito a un estado de aceptación; un deseo positivo de recordarla, pero sin dolor.

 

En esos momentos, el dolor te reduce las defensas y tú bajas la guardia. Yo me esforcé en realizar una serie de ejercicios centrados en el yoga para rehacerme psíquicamente, porque el choque fue brutal. He perdido algo irreparable. Yo deseo intensamente querer siempre a Cristina como ahora mismo, no quiero borrarla de mi memoria y deseo tenerla para siempre dentro de mí.

 

No quise hacer de Cristina un culto enfermizo, pero es cierto, que, aunque quiero muchísimo a todos mis hijos, a Cristina la sentía de un modo especial, quizá porque era la menos independiente y la más débil. Estábamos muy unidos afectivamente y compartíamos una exagerada sensibilidad. De pronto me di cuenta de que aquella relación maravillosa había acabado para mí.

 

En el preciso momento en que murió Cristina yo me encontraba en Cataluña, a unos 150 kilómetros del lugar de los hechos, absolutamente cómodo, después de una estupenda comida, y de repente, sin ningún motivo aparente, el mundo se me paró. Me quedé mudo, callado, contestaba con monosílabos, mi mente se nubló. No entendía nada, no comprendía el motivo de mi estado.

 

Puedo asegurar que el preciso momento de morir Cristina todo mi organismo y mis sentimientos se bloquearon; me quedé en un estado de irrealidad que nunca antes había conocido. Mi pensamiento no discernía la realidad y todas mis sensaciones empezaron a funcionar de un modo irregular. Fue el único momento de mi vida en que no fui yo. Los sentidos se me adormecieron y me quedé desorientado.

 

Cuando recibí la noticia me sentí muy mal, empecé a llorar y lo comprendí todo. Pasé por una fase de dolor físico y sentimental que fue descendiendo de intensidad a intervalos regulares, aunque yo insistía todo ese tiempo en que no se me fuera, la recordaba continuamente y hablaba de ella sin parar.

 

Así que sublimé el dolor que sentía hablando sobre ella y con ella continuamente. Pasó el tiempo y me di cuenta de que los recuerdos visuales, más que los afectivos, se borran y parece como si te hubieran secuestrado a quien tanto querías.

 

Una persona experta en cuestiones paranormales relacionada con la Academia de Ciencias de Moscú me sugirió que quizá, de un modo inconsciente, yo estaba reteniendo demasiado en mi interior el espíritu de Cristina; luchaba para no sacarla de mí mismo y ella no sabía hacia dónde ir ni hacia qué dirección tirar. Esta persona me aconsejó que dejara volar su espíritu.

 

A mi, al principio, me pareció una tontería, pero me aconsejó que asumiera su muerte, que la dejara libre. Y yo hablo reconociendo mi ignorancia. Realmente, desconozco qué hay detrás de la muerte pero, sin duda, no pienso que haya vida. Considero que el cielo o el infierno los hacemos nosotros en la tierra y es muy importante vivir con la filosofía de no hacer a los demás lo que tú no quieres que te hagan a ti.

 

Había que dejar que volara el espíritu de Cristina y lo conseguí, al cabo de dos o tres meses de su muerte, durante un viaje a Perú. Decidimos subir hacia el Machu-Pichu, allí yo sentí las vibraciones. Estaba en la cima del mundo y en el aire se respiraba algo sobrenatural. Estaba en el centro de Los Andes y quería subir más arriba, con un impulso que no entendía. Deseo ser franco y asegurar que no me acordaba de mi hija Cristina en absoluto.

 

De pronto, me sobrecogí y me sentí como si me llamara alguien o algo. Comencé a subir hacia la cumbre como un chaval, en una ascensión recta pero trabajosa que duró más de una hora. No sé de dónde saqué las fuerzas pero no me ahogué. Subí y permanecí en la cima de la última piedra, en lo más alto de todas las montañas vecinas, durante un cuarto de hora.

 

Parecía como si una fuerza especial me empujara hacia arriba y, en vez de mirar el paisaje, miraba hacia el cielo. De pronto me salió un grito desgarrador y pronuncié su nombre: «Cristina, Cristina», sin que pudiera pararme. Viví una descarga emocional con fuertes sollozos que yo sentía benéficos. Estuve mucho rato, hasta que bajé. Cuando descendía, iba sintiendo un descanso terrible y la sensación de que me había acercado muchísimo a ella. Era feliz.

 

A partir de ese momento crucial, cambié mi comportamiento. Busqué el justo equilibrio en recordarla, para que nunca se me olvidara, pero sin que el dolor me impidiera disfrutar de su constante recuerdo. Recuerdo de Cristina las cosas buenas, pero también las no tan buenas. Yo era un poco el maestro de mi hija en muchos aspectos de su vida y trataba de canalizar su energía. Con la muerte de Cristina, mi concepto de la «otra vida» y de los recuerdos cambió totalmente.

 

Con Cristina, cuando me di cuenta de que la recordaba, pero que se me difuminaba su imagen y que con el paso de los años era incapaz de recordar plenamente su cara, me puse una foto en la cartera, otra en el lavabo, en mi despacho, encima del televisor. No como un culto sino para que así no se me borrara su imagen real.

 

Se puede decir que mi evolución con la muerte de Cristina pasó, primero, por un dolor que te aterra y te descontrola luego la percepción de que así no puedes vivir y que ella no querría que vivieras de este modo, aunque no puedes evitarlo. Por ejemplo, las primeras veces que ví a sus hijos me puse a llorar, por mucho que quisiera tragarme las lágrimas.

 

Luego, uno va evolucionando hacia la fuerza, aunque racionalmente. Te agarras a las fotos de la cartera hasta que por fin, puedes controlar tus sentimientos y piensas que, ya que ella no puede estar a tu lado, tienes que estar contento de cómo la recuerdas y decides recordarla como un ser humano, con todos sus defectos y virtudes.

 

Puedo afirmar que su muerte me ha aportado un mayor sentido de la realidad, quiero más a mi familia, quiero más a mis hijos, tengo una mayor sensación de peligro cuando están en situaciones difíciles. La muerte de Cristina, la aceptación de esta triste realidad y la amarga adaptación a vivir sin ella ha sido una experiencia de una gran espiritualidad. No religiosa, pero sí humana.

 

Desde su ausencia, mi sensibilidad en general ha aumentado como si me hubiera hecho más sabio. Soy más sensible, pero no con sensiblería enfermiza, sino con una sensibilidad positiva.

 

Cada noche, como si fuera la cosa más natural del mundo, le doy un beso a su fotografía justo antes de irme a la cama y me despido con un «Adiós, Cristina» o le comento lo orgulloso que me siento de sus hijos. Creo que las personas que mueren siempre están cerca de los vivos. Formamos parte de un proyecto que no acaba con la muerte física de nuestro cuerpo.

 

Desconozco si la reencarnación existe verdaderamente, pero estoy muy convencido de que cuando nuestro cuerpo se mezcla con la tierra, todos nuestros pensamientos y nuestras emociones siguen emitiendo unas ondas que no se pierden, se pueden perpetuar en el ambiente y que todo queda.

 

El único pesar que aún tengo es no haber podido estrecharla entre mis brazos en el momento más triste de mi vida. En los primeros meses de su muerte, se me acercaba su voz alguna vez en los espacios abiertos. Cuando yo menos lo esperaba, escuchaba un «Hola, papi», que me ponía los pelos de punta. Seguramente eran sólo figuraciones emocionales mías.

 

Con el paso del tiempo, ha llegado un momento en que no tengo un dolor enfermizo, lo he superado. Actualmente, tengo en todo momento la sensación de que el espíritu de Cristina está siempre presente. Cerca de mí.

 

Lluís Llongueras

 

 

Sabes que vengo de la nada, y que tengo que volver a la nada.

Ya es hora de estar en buenos términos con la fuente de mis orígenes

Por qué cerrar los ojos sobre esa verdad

Que no ignoras, pero que temes

Sé orgulloso de tu origen y estando a gusto

Armonízate contigo mismo por medio del justo camino en tu búsqueda

No eres más que un viajero en crucero

Llegarás a tu destino un día.

Llenar el vientre y el cerebro es importante

Pero alimentar el alma es aún más seguro

Ya que vayas donde vayas, serás alma

Al principio, eras un alma, al final serás un alma.

Realiza entonces hoy que no eres más que un alma aquí.

 

Yogui Khane

 

 

 

Una persona no acaba de morir del todo mientras haya alguien que se acuerde de ella.

 

Jaime Lopera Gutierrez

 

 

 

Mientras exista uno de los dos, estaremos los dos. Cualquiera que sea el que quede, estaremos los dos.

 

Ernest Hemingway

 

 

Cuando dos seres humanos se aman verdaderamente, la muerte no puede matar su amor. El amado puede morir sin que los lazos de amor se desanuden ni se debiliten.

 

Ignace Lepp

 

Cuando mi hijo Josh tenía seis años, uno de sus amigos murió y él volvió a casa llorando.

-Cariño -le dije-, sé cómo te sientes. Pero es porque todavía eres un gusanito.

Aquello rompió su esquema. Entonces le expliqué que, cuando los gusanitos de seda se encierran en su capullo, parece como si se estuvieran muriendo.

-¿Pero qué les pasa, en realidad? –le pregunté.

-Se están convirtiendo en mariposas.

-Exactamente –respondí. Es el principio de una vida nueva. No puedes ver a tu amigo porque está volando por encima de ti, más fuerte y hermoso que nunca. A veces, tenemos que confiar en que Dios sabe cuándo es el momento de convertirnos en mariposas.

 

Anthony Robbins

 

 

No has muerto. Has vuelto a mí.

Lo que en la tierra, donde una parte de tu ser reposa,

Sepultaron los hombres, no te encierra;

 

Dentro de esta inquietud del alma ansiosa

Que me diste al nacer, sigues en guerra

Contra la in saciedad que nos acosa

Y que, desde la cuna, nos destierra

 

Vives en lo que pienso, en lo que digo,

Y con vida tan honda que no hay centro,

Hora y lugar en que no estés conmigo.

 

Pues te clavó la muerte tan adentro

Del corazón filial con que te abrigo

Que, mientras más me busco, más te encuentro.

 

Jaime Torres Bodet

 

 

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