QUÉ SED TENGO

 

El atardecer estaba dejando paso a la noche en las inmensas llanuras de la India. Un tren surcaba el territorio como una gran serpiente quejumbrosa.

 

En el interior del tren, cuatro hombres compartían un coche cama. Los cuatro eran desconocidos entre sí.

Como ya era tarde, los hombres se metieron debajo de las sábanas y empezaron a dormir. Al cabo de unos diez minutos empezaron a oír:

 

-¡Qué sed tengo! ¡Pero qué sed tengo!

 

La voz pertenecía a uno de los cuatro viajeros. Los restantes se despertaron molestos por las quejas, pero intentaron conciliar el sueño. Transcurrió una hora y la voz no callaba. Cada pocos minutos arreciaba:

 

-¡Pero que sed tengo! ¡Qué sed tengo!

 

Uno de los viajeros, cansado del quejica, se levantó, caminó hasta el lavabo del tren y llenó un vaso de agua. Sin decir palabra, se lo entregó al viajero sediento, que se lo bebió de golpe.

 

Al cabo de media hora, cuando todos ya habían conciliado, esta vez, un buen sueño, una voz los despertó de nuevo:

 

-¡Pero qué sed tenía! ¡Qué sed tenía!

 

 

 

Jorge era una persona muy devota, rezaba a Dios todos los días y cumplía al pie de la letra todos los preceptos de su religión.

 

Ocurrió una inundación en el pueblo donde él habitaba y el nivel del agua subía peligrosamente. Jorge se encontraba en su casa y comenzó a rezar y pedir a Dios por su vida:

 

-Señor, te pido que me salves, que pueda salir sano y salvo de esta inundación.

 

Pocos minutos después se acercó un vehículo todo terreno y el conductor le dijo a Jorge:

 

-Buen hombre, ¡súbase a mi vehículo para que se pueda salvar!

 

-Gracias, pero estoy esperando que Dios venga a salvarme.

 

Y el todo terreno se alejó.

 

El nivel del agua seguía subiendo y Jorge se vio en la necesidad de subir al primer piso de su casa. Por la ventana pudo ver que se aproximaba una lancha y el lanchero le dijo a Jorge:

 

-Señor, ¡déme la mano para que pueda subir a la lancha y salvarse!

 

-Gracias, pero estoy esperando que Dios venga a salvarme.

 

Y la lancha se alejó.

 

El nivel del agua siguió aumentando sin cesar y Jorge no tuvo más remedio que subir al tejado de su casa cuando vio en lo alto un helicóptero que le estaba lanzando una cuerda:

 

-¡Amárrese la cuerda al cuerpo para que le pueda subir al helicóptero! ¡Ya no hay tiempo que perder!

 

-Gracias, pero estoy esperando que Dios venga a salvarme.

 

Y el helicóptero se alejó.

 

El agua continuó subiendo y Jorge finalmente se ahogó.

 

Al llegar al cielo, molesto, pide hablar con Dios:

 

-Dios mío, yo que fui una persona tan devota y religiosa, y cuando te pedí que me salvaras para no ahogarme, Tú no me ayudaste.

 

Dios lo miró de manera compasiva y le dijo:

 

-Hijo mío, te envié un todo terreno, una lancha y un helicóptero para salvarte y tú no los aceptaste.

 

 

 

Dos monjes estaban lavando sus tazones en el río cuando vieron que un escorpión se ahogaba. Un monje lo sacó inmediatamente y lo puso delicadamente sobre la orilla. Justo antes de posarlo sobre la arena, el escorpión movió rápidamente su cola para picar al monje.

 

-¡Uy! ¡Qué daño! ¡Me ha dado en un dedo! -exclamó el hombre dolorido.

 

Cuando el dolor fue mitigándose con el dedo hinchado, el monje volvió a la orilla a acabar de lavar su tazón. Mientras estaba manos a la obra, vio que el escorpión se había vuelto a caer al agua. Inmediatamente metió su aún dolorida mano en el río para sacar al animal. Mientras dejaba al escorpión en el suelo, éste le picó de nuevo.

 

El otro monje le preguntó:

 

-Amigo, ¿por qué continúas salvando al escorpión, cuando sabes que su naturaleza es picar?

 

-Porque salvarlo es mi naturaleza -respondió el monje.

 

 


Un cuervo encontró una vez un gran pedazo de queso y se subió a un árbol para comérselo con tranquilidad, sin que nadie le molestara. Estando así el cuervo, acertó a pasar la zorra debajo del árbol y, cuando vio el queso, empezó a urdir la forma de quitárselo. Con ese fin le dijo:


-Don Cuervo, desde hace mucho tiempo he oído hablar de vos, de vuestra nobleza y de vuestra gallardía, pero aunque os he buscado por todas partes, ni Dios ni mi suerte me han permitido encontraros antes. Ahora que os veo, pienso que sois muy superior a lo que me decían. Y para que veáis que no trato de lisonjearos, no sólo os diré vuestras buenas prendas, sino también los defectos que os atribuyen. Todos dicen que, como el color de vuestras plumas, ojos, patas y garras es negro, y como el negro no es tan bonito como otros colores, el ser vos tan negro os hace muy feo, sin darse cuenta de su error pues, aunque vuestras plumas son negras, tienen un tono azulado, como las del pavo real, que es la más bella de las aves. Y pues vuestros ojos son para ver, como el negro hace ver mejor, los ojos negros son los mejores y por ello todos alaban los ojos de la gacela, que los tiene más oscuros que ningún animal. Además, vuestro pico y vuestras uñas son más fuertes que los de ninguna otra ave de vuestro tamaño. También quiero deciros que voláis con tal ligereza que podéis ir contra el viento, aunque sea muy fuerte, cosa que otras muchas aves no pueden hacer tan fácilmente como vos. Y así creo que, como Dios todo lo hace bien, no habrá consentido que vos, tan perfecto en todo, no pudieseis cantar mejor que el resto de las aves, y porque Dios me ha otorgado la dicha de veros y he podido comprobar que sois más bello de lo que dicen, me sentiría muy dichosa de oír vuestro canto.


Cuando el cuervo se vio tan alabado por la zorra, como era verdad cuanto decía, creyó que no lo engañaba y, pensando que era su amiga, no sospechó que lo hacía por quitarle el queso. Convencido el cuervo por sus palabras y halagos, abrió el pico para cantar, por complacer a la zorra. Cuando abrió la boca, cayó el queso a tierra, lo cogió la zorra y escapó con él. Así fue engañado el cuervo por las alabanzas de su falsa amiga, que le hizo creerse más hermoso y más perfecto de lo que realmente era.

 

 

 

Pusieron un ratón en uno de los extremos de un laberinto y un trozo de comida en el otro, y luego observaron cómo el animal corría a los tropezones hasta encontrar, por fin el alimento. La segunda vez que lo introdujeron, tropezó menos y llegó a la comida con más rapidez. Poco después lograba atrapar el bocado, luego de cruzar el laberinto en unos pocos segundos.

 

Más tarde, retiraron el alimento. Durante un momento, cada vez que lo ponían en el laberinto. el ratón se dirigía en línea recta hacia el otro extremo del laberinto. Pero no pasó mucho tiempo hasta que se dio cuenta de que el alimento no estaba allí y, entonces, dejó de ir.

 

-Ésta es la diferencia entre las ratas y las personas. ¡Las ratas se detienen!

 

 

Un buen día un niño llegó a una playa y observó que había millones de estrellas de mar sobre la arena que habían sido depositadas por el mar. Al niño le invadió una inmensa tristeza cuando se dio cuenta  de que la marea estaba bajando y que, para cuando subiera, estarían todas muertas. Sin pensarlo se puso a cogerlas desesperadamente una a una y a lanzarlas al mar. Corría desenfrenado. Parecía no tener consuelo.

 

Un señor mayor que estaba cerca observó lo que el niño  hacía y le espetó en tono jocoso:

 

-¿Pero qué estás haciendo? ¿Cómo puedes ser tan iluso? Hay millones de estrellas, no vas a poder salvarlas a todas. No te das cuenta de que tu esfuerzo no vale la pena.

 

El niño lo observó con mirada seria, se agachó, sostuvo otra estrella de mar con dos dedos, la alzó, la lanzó al mar y, clavando de nuevo la mirada en sus ojos, le dijo aleccionándolo:

 

-A ésa si le valió la pena.
 

 

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