MILES DE OJOS

 

 

No era ni de día, ni de noche, sólo el vacío absorbente del espacio; la inmovilidad, sin un refugio, no había estrellas, ni tierra, ni bondad, ni tiempo, ningún obstáculo, ningún cambio, nada bueno ni malo.

 

La noche de la ceguera tiene también sus maravillas; la noche de la ignorancia y de la insensibilidad es la única tiniebla impenetrable. El infortunio de los ciegos es inmenso, irreparable; pero no nos priva de compartir con nuestros semejantes la acción altruista, la amistad, el buen humor, la imaginación y la sabiduría.

 

El paraíso sólo se alcanza por medio del tacto; ya que el amor y la inteligencia residen en él. Donde hay un sonido muy sutil nada prevalece entre este y el silencio, y hay más significado en cada cosa en sí misma, que en todas las cosas que pueda abarcar la vista. Mi mano es para mí lo que el oído y la vista juntos son para vosotros.

 

La ideas forman el mundo donde vivimos, y son las impresiones las que transmiten las ideas. El mundo en el cual vivo se halla construido sobre una base de sensaciones táctiles, desprovistas de todo color y sonido físicos; pero a pesar de ello, es un mundo donde se respira y se vive. Cada objeto está íntimamente ligado en mi mente a esas cualidades táctiles, las cuales, combinadas de diversos modos, me proporcionan el sentido del poder, de la belleza o de la discordancia; ya que con la ayuda de mis manos puedo llegar a sentir tanto lo risible como lo admirable en el aspecto de las cosas. Los que dependéis de vuestra vista, no os dais perfecta cuenta del número de las cosas tangibles que os rodean. Todo lo palpable es móvil o rígido, sólido o líquido, grande o pequeño, cálido o frío, y estas cualidades están infinitamente matizadas.

 

 

 

 

 

La necesidad otorga a los ojos la preciosa virtud de ver, y en la misma forma suministra a todo el cuerpo un preciado poder de sensación. Algunas veces me parece que en mi cuerpo han nacido miles de ojos, y que éstos, atónitos, descubren un mundo diferente cada día. La oscuridad y el silencio en lugar de apartarme del resto del mundo y encerrarme en mí misma, abren sus puertas, muy hospitalariamente, a las incontables sensaciones que me distraen e informan, amonestan y divierten. Con mis tres fieles guías, el tacto, el olfato y el gusto, realizo infinidad de incursiones en la región limítrofe de la experiencia y visible desde la ciudad de la luz. La Naturaleza se ajusta a las necesidades de cada individuo. Si los ojos han sido apagados y ya no pueden apreciar la belleza de una nueva alborada, el tacto se afina y se hace cada vez más sutil y perspicaz. La Naturaleza, a través de los días, procede a fortalecer y aumentar los sentidos restantes.

 

Es más difícil enseñar a pensar a un ignorante, que enseñar a imaginarse en su magnificencia al Niágara, a un ciego inteligente. He andado con personas cuyos ojos están llenos de vida, pero que desgraciadamente no saben descubrir nada en un bosque, en el mar, en el cielo; nada en las calles de la ciudad y, lo que es peor, nada tampoco a los libros. Los que ven disponen de los gloriosos espectáculos de las puestas de sol, de las rosadas auroras, el de los admirables velos purpúreos que envuelven las colinas distantes y, sin embargo, muchas almas navegan a través de ese mundo encantado con o mirar árido e inútil.

 

 

 

 

 

Nuestra ceguera no varía ni en un ápice el curso de nuestras realidades interiores. Para nosotros, los ciegos, es tan evidente como para vosotros, los que veis, que es la imaginación quien descubre y permite explorar el mundo de la belleza. Si aspiráis a ser algo que aun no sois —algo delicado, algo noble, algo bueno— cerrad por un instante los ojos, tocad la realidad por el ensueño, y seréis prodigiosamente lo que tanto anhelasteis ser. Muchas personas, a pesar de poseer una vista excelente, son ciegas en sus percepciones. Otras, aún que dispongan de unos oídos perfectos, son del todo sordas para el sentimentalismo.

 

Las maravillas innumerables del universo nos son reveladas en la medida exacta con que somos capaces de recibirlas. La sutileza de nuestra visión no depende de cuanto somos capaces de ver, sino de cuanto somos capaces de sentir. Pero tampoco es el mero conocimiento el único creador de la belleza. La Naturaleza dedica sus más exquisitas canciones a aquellos que la aman con sinceridad. No descubre sus secretos a los que acuden a ella con el único propósito de satisfacer sus ansias de análisis sino a los que saben hallar en sus múltiples fenómenos motivos de sentimientos delicados y sublimes.

 

Nadie ha tocado el contorno de una estrella, ni el semblante majestuoso de la luna. No obstante, por mi parte estoy segura de que Dios ha iluminado mi mente con dos luces, de las cuales la mayor gobierna por el día, y la menor durante la noche, y que juntas me producen la sensación de poder conducir por cuenta propia el timón de la barca de mi vida; con la misma certidumbre de alcanzar el cielo que los que navegan confiados en la estrella Polar. Quizá mi sol no brilla como el vuestro. Puede ser que los colores que glorifican mi mundo, el azul del firmamento y el verde de las campiñas del mismo, no sean análogos a los que constituyen vuestro deleite; pero mi azul y mi verde no dejarán por eso de ser dos colores en mi mente.

 

Mis ojos ignoran el brillo del sol, el resplandor del relámpago y el despertar de los árboles en primavera; pero yo sé que todo eso existe, no menos que os consta a vosotros la existencia nivel paisaje al volverle la espalda. Sería imposible que mi pensamiento fuera vago o confuso, por el contrario, ha llegado a ser poderoso y preciso, lo cual, en suma, no es sino el corolario de la verdad filosófica que establece que el mundo real sólo existe en nuestra mente. Queda entendido que nunca puedo tocar al mundo en toda su integridad, sino en una parte menor que los que oyen y ven. Pero todas las criaturas y todos los objetos pasan íntegramente en imágenes a mi cerebro que ocupan allí mismo el espacio del que gozan en el mundo material.

 

 

 

 

 

Confieso que en lugar de los términos pinos, ola, vaivén y susurro, mis pensamientos de vastas ramificaciones son los únicos que proporcionan gran musicalidad a la idea de cadenas de montañas, cuyas cumbres, elevándose, se suceden las unas a las otras. Basta que me nombren a una rosa para que yo sienta enseguida su fragancia. Al instante un suave perfume se introduce sutilmente por las aletas de mi nariz, y la flor ejerce su presión contra mi palma, en toda su extensible suavidad de redondeados pétalos y bordes ligeramente ondulados, corvo el tallo y marchitas las hojas. Cuando contemplo el mundo en conjunto, el hombre, la bestia, el ave, el reptil, la mosca, el cielo, el océano, las montañas, el llano, la roca y el guijarro aparecen con rapidez en mi mente.

 

El calor de la vida y la realidad de la creación están formados sobre todo el palpitar de las manos humanas, el lustre de la piel de los animales, los movimientos flexibles y sinuosos de sus cuerpos, el agudo zumbido de los insectos, la aspereza de las pendientes al encalarlas, la inestabilidad del mar y el movimiento de las olas al romperse contra las rocas. Es extraño, pero no puedo obligar a mi tacto a penetrar este universo en ninguna de sus múltiples direcciones. Tan pronto como trato de hacerlo, todo se desvanece y sólo quedan pequeños objetos, limitadas porciones de una superficie, meras señales táctiles y un caos de cosas, dispersas, por azar. Ninguna emoción viva, ni ningún deleite se provoca de tal modo. Más restituid al artístico incomprensible sentir e interior su legítimo dominio, y entonces me proporcionaréis una alegría que será la mejor prueba de la realidad más perfecta.

 

La realidad, de la cual los objetos visibles son el símbolo, brilla ante mi mente. Cuando camino por mi habitación, con pasos inseguros, mí espíritu avanza majestuosamente en su marcha impetuosa hacia el cielo, como encaramado en las alas del águila, mientras dirige su visión imperecedera sobre el mundo de la belleza inextinguible.

 

Hellen Keller (1880-1968)

 

 

 

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