ESPERO PODER VER LOS DOS LADOS DEL ESPEJO

 
 
 
 

Me llamo Carlos Cristos, tengo cuarenta y ocho años, soy médico de familia. Hace pocos años que me diagnosticaron una enfermedad del sistema nervioso que se llama AMS (Atrofia Multisistémica). Soy consciente de su significado, es una enfermedad invalidante, progresiva y mortal. Mi afectación actual es grave. Ya no puedo caminar y necesito cada vez más ayuda. Sé que acabaré dependiendo totalmente de mis cuidadores. Esta enfermedad no responde a ningún tratamiento conocido por lo que sigue evolucionando inexorablemente hasta producir la muerte. Afortunadamente, mi pensamiento seguirá funcionando bien y es previsible la lucidez intelectual plena hasta el final.

 

Como médico desde hace más de veinte años, he tenido la ocasión de acompañar a muchas personas por el camino que ahora me toca recorrer a mí y he visto como se enfrentan sin conocimientos previos ni experiencia a algo que en sí mismo es un hecho corriente como es el fallecimiento de un ser querido o incluso el propio. Desde siempre he tenido gran interés por dar a conocer la ciencia médica al público general. Esto me ha llevado a colaborar con «Radio Nacional de España». Vamos a reflexionar para enfrentarnos mejor a algo que nos implicará a todos finalmente y, si es posible, con una sonrisa.

 

Aunque la cabeza entiende racionalmente lo que ha pasado, estás como frío, como si no pasara contigo. Lo primero que haces es entenderlo con la cabeza, pero no lo entiendes con el corazón.

 

 

La vida me ha ofrecido la oportunidad de hacer plenamente aquellas cosas por las que creo que vale la pena vivir. Cuando se me deja un micrófono y del otro lado hay cientos de miles de personas que están escuchando de refilón, mejor dicho están oyendo cosas que, de alguna manera, hablan de su vida cotidiana en lo sanitario, entonces, realmente, soy un privilegiado. También soy un privilegiado, yo he llegado a ser médico de pueblo que es lo que quería ser durante toda mi vida.

 

El tiempo que me queda es un tiempo de renuncias progresivas a cosas que cada vez son más vitales, más básicas. Tengo un poco la suerte de que todo ya me ha ido sucediendo sin darme cuenta, es decir, el día que decidí que dejaba de conducir ni siquiera era consciente de que realmente no volvería a conducir más. Entonces estás aceptando una cosa que ya ha sucedido y no te vas a poder rebelar. Considero que eso es más fácil que decirte: me van a quitar esto, me van a quitar mi montaña, me van a quitar... ¡No! A todos nos quitarán todo, no nos llevaremos nada, quedará de nosotros lo que dejemos hecho para los demás, es nuestra única forma de trascendencia.

 

 

Beber agua, la medida más eficaz e inmediata para subirse la tensión. Es un descubrimiento peculiar de hace dos años escasos. Yo toda la vida aconsejando a la gente que beba bebidas con cafeína y, sin embargo, es el líquido mismo bebido y mejoras espectacularmente.

 

Mi cuerpo está fracasando y yo vivo dentro de él, es el único cuerpo que tenía y lo seguiré viendo fracasar. El tránsito se hará solo. Pero es una soledad que, si es rodeada por las referencias que uno tiene, mejor. Luego, uno se va yendo poco a poco en un proceso que yo conozco bien que, pasado un tiempo, no necesitar comer; pasado más tiempo, no necesitar beber; pasado más tiempo no necesitas respirar. La mayor parte de la gente se van tranquilamente sin hacer ruido y sin necesitar nada que nosotros le podamos dar. Por no necesitar, ni siquiera necesitas respirar.

 

 

 

Yo he visto a mucha gente pasar lo que ahora me toca a mí. Queremos mostrarnos fuertes, cuando no somos fuertes. No pido que se pretenda directamente provocar mi muerte, ruego que se acepte no poder impedirla. Renunciar a medios artificiales no equivale al suicidio o la eutanasia, sino que expresa aceptación de la condición humana de cara a la muerte. Que se instauren las medidas que sean necesarias para el control de cualquier fenómeno que pueda ser causa de dolor, padecimiento o malestar, aunque esto pueda acortar o poner fin a mi vida.

 

Eso tranquiliza mucho a la gente. Cuando tú le dices que: tenga el dolor que tenga, yo lo puedo evitar. Si el dolor mide diez, doy medicina para diez. Si el dolor mide cien, hay medicina para cien. Si el dolor mide mil, tengo medicina para mil. Usted no se preocupe que no va a sufrir.

 

Es nuestro trabajo ser dependientes y que te lo tengan que hacer todo. El que te cuida realmente, está haciendo por ti una cosa que es querer, en definitiva. Ducharme es una de las cosas que todavía hago, pero lo que más me duele es que me la tengan que hacer en futuro más o menos próximo. Y, sin embargo, yo como médico, he tenido ocasión de hacerla muchas veces por otras personas; la gente que lo hace también lo disfruta.

 

Me gusta pensar que sin la muerte todo nacimiento sería una tragedia.

 

Intento no aferrarme a la vida lo cual, de alguna manera, es mi trabajo cotidiano. Ese hecho de aceptar que si me atasco, me atasqué, sólo deseo que sea breve. Cuando llega la mañana y me despierto, digo: ¡Pero si estoy aquí! Y lo primero que te viene es un sentimiento de agradecimiento, porque has llegado al día siguiente pero acto seguido te asalta la duda. Entonces, por un lado estás agradecido pero, por otro lado no sabes si es bueno estar agradecido. Lo malo, en todo caso, es la incertidumbre, pero llevo años conviviendo con la incertidumbre.

 

 

 

 

En Ruanda –donde estuve como médico cooperante junto con mi esposa Carmen Font en el Centro Médico de Rukara- no les importan el Alzheimer o similares. Las enfermedades que les interesan son la Malaria, la Tuberculosis, el Sida. La gente se va joven, son pocos los que llegan a mi edad. Con lo cual, en el mundo te das cuenta de que eres un privilegiado. Quería decirlo, que la leña se consume, pero a mí no me importa si al arder da buen fuego.

 

Mi mundo intelectual, mi discurso de pensamiento me lleva a negar, es decir, creo que es contrapuesto a la razón, a las conclusiones a las que lleva el pensamiento, el tener fe como se entiende; sin embargo, lo que sí tengo es esperanza, una forma de trascendencia o de que mi presencia en el mundo no haya sido inútil, ni para mí, ni para la manada a la que pertenezco, ni en el futuro, si eso existe, ni de cara al «más allá».

 

Así como fe, como tal, no tengo, sí que tengo la esperanza de que haya una parte de la mucha realidad que desconocemos que se vincule con el «más allá», con la trascendencia, con la idea del alma, con la idea de Dios, o sea, sí que aspiro, de alguna manera, cuando me muera, que al otro lado del túnel de luz me esté esperando Dios con los brazos abiertos.

 

Mi historia con este concepto es una cosa que no puedo definir en forma corporal. Todos tenemos una necesidad de figurarnos a un Dios con la barba y el traje, la túnica blanca y tal. Yo no. Realmente, la idea que tengo de lo que puede haber allí detrás es un instante o una sensación o un concepto que no tiene entidad corpórea, no la puedo asimilar a nada.

 

Desde el punto de vista de lo que es el conocimiento neurológico estricto, este tipo de cosas son compatibles, por así decir, con estados puntuales que pueden ser percibidos como una entidad eterna. La eternidad, como la leyenda del abad que se perdió y se ensimismó en el canto de un pájaro y cuando volvió a su convento habían pasado doscientos años.

 

Pues, de alguna manera, hay motivos puramente físicos o neurológicos para pensar que una percepción de intemporalidad, de eternidad, puede estar en ese último microsegundo de nuestra existencia.

 

En cierto modo, cuando vas a emigrar pasas una época, más o menos larga, pensando que te tienes que ir. Y luego es curioso, porque pasas el resto de tu vida esperando, una cosa como mágica, el momento en que puedes volver. Galicia es mi entorno, me identifico con el verde, con mis montañas. Me identifico con el paisaje geográfico y también con el paisaje humano.

 

 

Mi objetivo cada día es aceptar la realidad que me ha tocado. Eso es antagónico con esa esperanza no fundamentada: aunque tengas una posibilidad entre mil, pues, bueno, te agarras a una posibilidad entre mil.

 

Mi hermano José y yo compartimos muchas aficiones, muchos gustos y, entonces podemos salir a ver la mar, la línea de mi costa, es el Atlántico puro y duro, la costa pelada, el viento constante. Da buen rollo. Es decir, ¿es la última vez? Pues bueno. Algún día tenía que ser. A lo mejor no lo es ¿entiendes? Eso lo dirá el tiempo. Pero una última vez hay respecto a todo. El último beso que le diste a una novia, igual cuando se lo diste no eras consciente que era el último. No es una sensación de dramatismo. Es un rollo decir, bueno, menos mal que eso va a seguir aquí.

 

Si hay suerte, supongo que tras un día normal, cena normal, ves la televisión, y te vas a dormir, y si hay suerte dejaré de respirar y al día siguiente te encuentran pajarito. A veces no es así, a veces una parada de los músculos que abren el cuello y entonces la gente no puede abrir la garganta para respirar con lo cual se ahogan literalmente, con la diferencia de que son ahorcados por sus propios músculos y no por manos de nadie.

 

Los cuidados paliativos están para hacer más confortable cuando una cosa no tiene un tratamiento causal y todo el mundo piensa en el dolor, pero en mi caso no hay dolor físico, afortunadamente, pero mi dolor es moral. Tengo que asumir enfrentarme a ese cuerpo en el que vivo, que se hace caca, que se ensucia, que se baba, que hablo fatal, esas cosas, todo eso es territorio de los cuidados paliativos, el dolor moral también y además, en mi caso, por mi preparación como médico sé cómo habría que hacer para darse viento. Pero, dejemos que la naturaleza actúe.

 

En ese sentido, he pedido a mis allegados que saben hacer una reanimación cardiopulmonar, eso del masaje cardiaco, que es muy vistoso, pues, me han prometido que no lo harán, se abstendrán, me dejarán tranquilo.

 

Y en ese último microsegundo espero poder ver los dos lados del espejo y tengo auténtica curiosidad por saber qué hay al otro lado del túnel de luz.

 

Los religiosos dicen que hay paz, que hay tranquilidad y hay felicidad. En cualquier caso, cuando llegue el momento, no quiero que venga un señor disfrazado para hacer un rito a un cuerpo en el que ni siquiera estoy. Yo ya he visto a Dios y lo he visto en los pobres más pobres de la tierra. Allá y acá. Igualmente, me siento privilegiado por haber estado con ellos.

 

Mientras haya música, seguiremos bailando y, si es posible, con una sonrisa.

 

Doctor Carlos Cristos (1956-2008)

 

 

 

  

 

 

 

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