EL CENTRO DE UN TORBELLINO

 

 

 

Philip Kapleau nació el 20 Agosto 1912 siendo el quinto de seis hijos en el seno de una familia norteamericana sometida a la presión de la pobreza y donde a menudo tenían que recurrir a la ayuda social.

 

Durante quince años fue el más pequeño de los hermanos, hasta que nació otro hijo no deseado por la madre. Las cosas empeoraron aún más, la madre lo rechazaba y lo consideraba su «desgracia».

 

Le causaba dolor las humillaciones de que era objeto su hermano; sentía compasión por él y más tarde las sintió por las dificultades de su madre. El odio y el resentimiento que sentía su madre hacia su padre, en la forma humillante y cruel con que esta trataba al hermano pequeño de Philip, era un estilo de vida que él rechazaba de plano.

 

Él no recibió amor de ninguno de sus progenitores, desde el principio se sintió diferente de todas las personas de su familia. Sus padres se enzarzaban en peleas constantemente. Sentía resentimiento hacia su madre por la forma en que esta atacaba a su esposo.

 

La madre enseñó a todos los hijos a odiar a su padre y les decía que cuando fueran mayores no olvidaran lo mal que los había tratado a todos ellos y que se aseguraran que pagara por ello.

 

Todo esto hizo que el joven Philip adoptase una postura defensiva y cínica acerca de las relaciones familiares, una cierta tendencia al aislamiento y una perspectiva amarga acerca de las relaciones humanas. Al final acabó por rechazar a sus padres y también al Dios en el que ellos parecían creer.

 

Aunque de niño simplemente notó que él era distinto, después se dio cuenta de que esta diferencia tenía que ver con ser consciente de que existían otras formas de vida, de que era posible liberarse de la crueldad y el resentimiento humanos.

 

Le llevó años darse cuenta de ello pero el germen de su capacidad para vivir de otra manera ya estaba presente entonces.

 

 

 

 

 

Philip empezó a trabajar muy pronto y a asumir responsabilidades. Después de acabar el bachillerato empezó trabajar como relator judicial en varios tribunales. En muchos juicios pudo ver a familias peleándose por una propiedad o parejas enfrentándose por obtener el divorcio.

 

La gente mostraba lo peor de sí, todo su odio y amargura; no aceptaba que era ella misma la causa de su propia desdicha y echaban la culpa a los demás: tenía ante sus ojos aquello que había visto tantas veces en su madre.

 

Después de la Segunda Guerra Mundial siguió prestando servicios en los tribunales militares de Nuremberg y Tokio. Al principio se quedó escandalizado y horrorizado por lo que oyó pero al final se volvió insensible como mecanismo de defensa para poder sobrevivir; nadie quería hacerse responsable de las atrocidades cometidas durante la guerra.

 

Durante los juicios conoció al eminente erudito budista Daisetz Teitaro Suzuki, con quien estudió más adelante en la Universidad de Columbia. Asistió a conferencias sobre budismo por el cual se sintió atraído ya que le ofrecía la esperanza de trascender su propia amargura y aislamiento.

 

Regresó al Japón donde continuó estudiando Zen en el monasterio Hosshinji. Allí se sometió voluntariamente a atroces dolores. Durante un retiro de siete días, la intensidad del desafío se incrementó para abrirse a un mayor nivel de conciencia y un monitor le estuvo golpeando con una vara durante toda la noche.

 

Se sometió a un entrenamiento tan duro y por varios años ya que necesitaba el tratamiento que se le aplicaba para disolver un ego tan hinchado como el suyo; no se consideraba un hombre de hierro pero el hecho es que iba por un camino que no conocía y se dirigía a un lugar que no sabía cuál era.

 

 

 

 

En 1966 regresó a Estados Unidos luego de haber sido investido como maestro de Zen por Yasutani-Roshi. Escribió, entre otros, el libro «Los tres pilares del Zen» que llegaría ser la Biblia del Zen para muchos norteamericanos atraídos por el budismo, abriendo el camino de la práctica del Zen a muchas personas al convertirse en un puente entre las necesidades de los practicantes occidentales y las exigencias de una formación auténtica en el Zen japonés.

 

 

Fundó el «Rochester Zen Center» el cual se extendió a otros países. En este centro budista hombres y mujeres pueden practicar meditaciones diarias de Zen, escuchar «teishos» y tomar parte en ceremonias y retiros intensivos. En 1986, Kapleau nombró a Bodhin Kjolhede como su sucesor y director del centro, lo cual marcó la culminación de dieciséis años de relación maestro y discípulo.

 

 

 

 

 

 

 

Él pensaba que el sufrimiento y el dolor contribuían a una transformación y es el camino hacia la espiritualidad. Se hace frente a tanto dolor y sufrimiento con violencia y muertes sin sentido y el budismo puede ayudar a entender cómo hacer frente a esta situación y seguir adelante con la vida.

 

Roshi Philip Kapleau llegó a sentir compasión de su madre al darse cuenta que tenía su parte de razón ya que fue muy duro para ella tener un hijo a los cuarenta y siete años y de un hombre al que ni siquiera amaba.

 

Comprendió que no se nace, como algunos creen, de la voluntad de nuestros padres; el renacimiento tiene como base nuestro karma y su fuerza impulsora que es la que motiva el deseo del renacimiento.

 

Así todos pedimos renacer y somos arrastrados hasta algo a partir de lo cual podemos aprender aquello que necesitamos saber. Por ello, su hermano pequeño también tenía su parte de responsabilidad.

 

Nuestro karma, los efectos o consecuencias de nuestras acciones y actitudes nos arrastrará inexorablemente hasta las condiciones que precisamente sean necesarias para que, si no oponemos demasiada resistencia, podamos desarrollar la compasión y elevar el grado de conciencia; esta resistencia se fundamenta casi siempre en el deseo de control, en la fantasía de que lo poseemos.

 

El deseo de control nos aparta de las demás personas y nos hace creer que no estamos sometidos a los vaivenes de la vida.

 

La intensa disciplina y práctica del Zen le permitió a Kapleau abrirse camino a través de su resistencia y despertar al fin la verdadera naturaleza de la existencia. Esta práctica del Budismo le abre el acceso a la función trascendente que le permite sostener la tensión de un conflicto y esperar que emerja su significado.

 

Aunque ya está retirado como maestro, sigue ejerciendo como consejero del Centro y es un increíble ejemplo de como el Zen puede integrarse totalmente en la vida diaria.

 

 A pesar de estar gravemente aquejado del mal de Parkinson, sigue recibiendo a todos cuantos quieren tener una entrevista con él y recibir sus consejos.

 

Aunque ahora es frágil debido a la edad y la enfermedad de Parkinson, Roshi Kapleau emana frescura y vitalidad como el centro de un torbellino que está en calma

 

Philip Kapleau falleció el 06 Mayo 2004.

 

Recopilado por Elias Benzadon

 

 

 

 

No un existe un Yo que renace, sino una continuidad sin fin de «ser y volver a ser». El individuo nace y muere en cada momento de su vida, y continúa existiendo. La misma verdad se aplica al momento de la muerte.

 

El nacimiento y la muerte pueden compararse con las olas del mar; cuando crecen, se nace; cuando caen, se muere. El tamaño de cada ola está determinado, en parte, por la fuerza de la anterior, fuerza que es generada por las corrientes de aire, los desniveles del suelo, la lluvia, la luna y, tal vez, otros elementos. Este proceso que se repite interminablemente, es el del nacimiento muerte renacimiento: la rueda de la existencia.

 

El rechazo a pensar en la muerte es, en si mismo, una especie de muerte, ya que la intensidad de la vida es inseparable del conocimiento de su inevitable deterioro. Quizá algunas personas piensen que las meditaciones sobre la muerte son una mórbida preocupación, que significan enamorarse de la muerte, en lugar de hacerlo de la vida. Sin embargo, la profunda aceptación de la muerte como el maestro de la vida, despoja a esas reflexiones de cualquier aspecto macabro.

 

Me enfrenté inicialmente a la enfermedad de Parkinson. De repente me di cuenta de que la enfermedad y yo eran uno. De que viviríamos juntos durante el resto de mi vida. Tuve una revelación: la enfermedad es ahora tuya, es inseparable de ti. La única forma de afrontar una enfermedad crónica es aceptarla como parte de ti mismo, como parte de tu vida, no como algo aparte con lo que mantienes una relación marginal.

 

Roshi Philip Kapleau

 

 

 

 

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