A MÍ ME IMPORTA

 

 

Hace varios años, pasaban una serie en televisión llamada «La pequeña casa de la pradera». Esta serie, interpretada por el ya fallecido actor Michael Landon, aunque ambientada en el oeste americano, en ella todas las situaciones se resolvían con el corazón y no con un revolver.
 
Recuerdo un capítulo en el cual se celebraba un concurso de cortar troncos de árboles; a tal evento acudió entre otros Jim Wilson, un anciano leñador que venía acompañado de su esposa. Jim era un experto en cortar árboles y su fama lo precedía.
 
Al concurso acudió igualmente el héroe de la serie Charles Ingalls. Se desarrollaron las eliminatorias y luego de una reñida competencia quedaron clasificados Jim y Charles para disputar la final.
 
Mientras los dos finalistas se preparaban para el encuentro final, la esposa de Jim fue a hablar con Charles. Entre lágrimas, le explicó que su esposo era un gran leñador pero estaba muy anciano y no tenía la misma fuerza que antes, que este concurso lo era todo para él y si lo perdía sería su fin ya que moriría de tristeza y le pidió a Charles que dejara que su esposo ganara en la final.
 
El día de la prueba final, Jim y Charles lucharon con todas sus fuerzas cortando los troncos pero finalmente ganó Jim, quien fue ovacionado y felicitado por todos.
 
Charles tomó su hacha y se fue a la carreta para guardarla. Su hija pequeña, la de las trenzas, lo observaba y le preguntó:
 
-Papá, ¿ésa no es la hacha nueva que tu ibas a usar?
 
 El padre se acercó a ella y le dijo:
 
-Hija mía, el otro concursante es una persona muy hábil cortando troncos pero está anciano y ya no tiene la misma fuerza que años atrás, mientras que yo soy joven y fuerte aunque no poseo tanta experiencia como él; al cambiar de hacha lo hice para que la competencia fuera justa. Al final se impuso la experiencia.
 
 Dicho esto, se volteó y se marchó.
 
La fuerza no es poder. El poder está asociado a la justicia, la compasión y el amor.
 
 
Elias Benzadon
 
 
 
 
 
Me encontraba sentada en silencio, relajándome y respirando bajo los rayos del sol en una banca de parque a sesenta metros sobre el Océano Pacífico, y en otra banca, a sólo unos quince metros de distancia, se encontraba una mujer de edad.

 Se veía endeble e inclinada por el peso de sus hombros. Su nariz era grande como de bruja, pero a pesar de su apariencia, algo en ella me atrajo.

Fui hasta ella y me senté a su lado, sin dejar de mirar el mar. Durante un buen rato no dije nada, y de pronto, sin pensarlo, de manera espontánea, me volví hacia ella y le dije con tranquilidad:

-Si nunca nos volviésemos a ver, ¿qué es lo que en verdad le gustaría que yo supiera sobre lo que realmente es usted?

No hubo respuesta, el silencio se instaló en el aire durante lo que me pareció una hora. De pronto, resbalaron lágrimas por sus mejillas.

-Nunca nadie se ha ocupado de mí de esa manera –sollozó.

Coloqué mi mano con delicadeza sobre su hombro para animarla y le aseguré:

-A mí me importa.

-Desde niña, -suspiró, -siempre quise ser bailarina, aunque para mi madre era yo demasiado torpe. Nunca tuve la oportunidad de aprender a bailar. Pero tengo un secreto. Nunca le he dicho esto a nadie. Verá, desde los cuatro años practico mi propia danza. Solía esconderme en el closet y practicar ahí para que mi mamá no me viera.

-Isabel, muéstreme su baile, -exclamé.

Isabel me miró sorprendida.

-¿Quiere verme bailar?

-Definitivamente, -insistí.

Entonces fue cuando vi el milagro. El rostro de Isabel pareció olvidar años de dolor. Se le suavizó el rostro, se irguió con orgullo, la cabeza en alto, los hombros echados hacia atrás. Se levantó, se volvió y me miró. Fue como si el mundo se detuviera ante ella. Éste era el escenario que había estado esperando toda su vida, lo podía ver en su rostro. Quería bailar para mí.

Isabel se paró ante mí, hizo una respiración profunda y se relajó. Sólo instantes atrás había visto sus ojos café hundidos en el cráneo, ahora brillaban y vivían. Con elegancia estiró el pie hacia delante mientras con gracia extendió la mano. El movimiento fue majestuoso. Me dejó si aliento. Estaba siendo testigo de un milagro. Hacía un minuto era una vieja y horrible mujer miserable, ahora era Cenicienta usando una zapatilla de cristal.

Su danza requirió toda una vida para ser aprendida y sólo un momento para efectuarse. Pero había satisfecho el sueño de su vida. Había bailado.

Isabel comenzó a reír y a llorar casi al mismo tiempo. En mi presencia se transformó de nuevo en un ser humano. Seguimos platicando sobre matemáticas y ciencia y todas las cosas que a Isabel le gustaban. La escuché y no dejé ir una sola de sus palabras.

-Usted es una gran bailarina, Isabel. Me enorgullezco de haberla conocido.

Y no mentía.

Jamás volví a ver a Isabel. Todavía me recuerdo sonriente despidiéndome de ella. Desde entonces, me he tomado tiempo para detenerme y conocer a gente de todas partes. Les he preguntado cuáles son sus sueños y los he apoyado. Cada vez que lo hago, soy testigo de un milagro. 

Helice Bridges

 
El amor expulsa al miedo. Neutraliza una multitud de pecados. Es absolutamente invencible. No hay dificultad que con suficiente amor no se supere; ninguna enfermedad que con suficiente amor no se cure; ninguna puerta que con suficiente amor no se abra; ningún abismo que con suficiente amor no se salve; ningún muro que con suficiente amor no se derribe; ningún pecado que con suficiente amor no se redima. No importa lo profundamente arraigado que esté el mal, lo desesperanzadora que sea la perspectiva, lo intrincado que sea el enredo, lo grande que sea el error. Una suficiente floración de amor lo resolverá todo. Si sólo pudieras querer lo bastante, serías el más feliz y el más poderoso de la tierra
 
Emmet Fox
 
 
 
Todos los hombres que conozco son superiores a mí en algún sentido. En ese sentido aprendo de ellos.
 
Ralph Waldo Emerson
 
 
Sólo el hombre superficial ha perdido la capacidad de responder a las penas de otras vidas a medida que se sumerge en la estrechez de sus propios sufrimientos.
 
Paramahansa Yogananda
 
 
 
Un gran hombre demuestra su grandeza por la forma en que trata a los pequeños.
 
Thomas Carlyle
 
 
 
Mantenemos nuestro poder cuando protegemos el poder de los demás.
 
Thomas Moore
 
 
 
Si quieres tener enemigos, supera a tus amigos. Si quieres tener amigos, deja que tus amigos te superen.
 
La Rochefoucauld
 
 
 
No hablaré mal de hombre alguno y de todos diré todo lo bueno que sepa.
 
Benjamin Franklin
 
 
 
El débil es el cruel. La amabilidad sólo puede esperarse del fuerte.
 
Leo Roskin
 
 
 
La más elevada expresión del amor es la creatividad.
 
Deepak Chopra
 
 
 

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